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9-ene.-2026, viernes después de la Epifanía del Señor

Hermosos sentimientos y alegre despertar en esta mañana en que podemos darte gracias por la vida, la salud y el bienestar con que hemos amanecido.

Hermosos sentimientos y alegre despertar en esta mañana en que podemos darte gracias por la vida, la salud y el bienestar con que hemos amanecido. Ahora permítenos, Señor, experimentar nuestra felicidad trasmitiendo a nuestros hermanos estos hermosos sentimientos.

Tus palabras nos motivan para ver con los ojos del corazón las necesidades de nuestros hermanos y la forma en que podemos servir amando y sobre todo mostrar tu presencia que es bondadosa y misericordiosa. Hoy tenemos que decirte: “si quieres puedes limpiarme” de mi mentira, mi egoísmo, mi falta de amor y de entrega, mi poca disponibilidad y mi falta de compromiso; puedes limpiarme de todo lo negativo que hay en nuestro corazón, para poder ver con claridad lo maravillosa que es tu luz y tu bondad. Danos la fortaleza para poder caminar esta jornada y realizar las obras que son de tu agrado y sobre todo inspíranos con tu Espíritu para proclamar tu palabra y tu presencia en medio de nosotros. Honor y gloria para llevar tu presencia a nuestros quehaceres de este día. Bendícenos, guárdanos y protégenos. Amén. 

Muy feliz y santo viernes. Abrazos y bendiciones abundantes. 

Meditación del Papa Francisco

La lepra era una condena de por vida y sanar a un leproso era tan difícil como resucitar a un muerto. Y por eso eran marginados. Sin embargo, Jesús tiende la mano al excluido y demuestra el valor fundamental de una palabra: cercanía.

No se puede hacer comunidad sin cercanía. No se puede hacer paz sin acercarse, ni se puede hacer el bien sin acercarse. Jesús podía decirle: ¡sánate! Pero no, se acercó y le tocó. Es más, en el momento que Jesús tocó al impuro se convierte en impuro.

Este es el misterio de Jesús, tomar consigo nuestras suciedades, nuestras cosas impuras. Pablo lo explica bien: «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente esta divinidad; se despojó de sí mismo». Y después, Pablo va más allá afirmando que «se hizo pecado»: Jesús se hizo pecado, Jesús se excluyó, cargó sobre sí la impureza para acercarse al hombre. Por lo tanto, «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios», sino que «se despojó de sí mismo, se hizo pecado, se hizo impuro».

Muchas veces pienso que es, no digo imposible, pero muy difícil hacer el bien sin mancharse las manos. Y Jesús se manchó. Cercanía. Y después va más allá. Le dijo: “Ve donde los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es sanado”. Al que era excluido de la vida social, Jesús lo incluye: lo incluye en la Iglesia, lo incluye en la sociedad… “Ve para que todas las cosas sean como deben ser”. Jesús no marginaba nunca a nadie. Se marginaba a sí mismo, para incluir a los marginados, para incluirnos a nosotros, pecadores, marginados, con su vida. (Cf. Homilía de S.S. Francisco, 26 de junio de 2015, en Santa Marta).

ORACIÓN 

Señor Jesucristo, Tú que te conmoviste de compasión al ver al hombre cubierto de lepra, te pedimos que hoy mires con el mismo amor nuestro corazón.

Te reconocemos como Aquel que tiene el poder de sanar toda enfermedad, toda herida del alma y toda exclusión que nos separe de Ti y de nuestros hermanos.

Te decimos con la fe del leproso: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Confiamos en tu voluntad amorosa para obrar la sanación que necesitamos.

Ayúdanos a no temer el contacto con tu poder, y a no ocultar la gracia que nos concedes. Que, una vez sanados por ti, seamos valientes para proclamar tu obra, y que nuestra vida sea un testimonio constante de tu misericordia.

Por tu poder sanador, te lo pedimos. Amén. 

Reflexión del Evangelio fue escrita por Juan Lara, miembro de Vivir en Cristo. 

Nos cuenta el Evangelio que un hombre lleno de lepra, al ver a Jesús, se postró rostro en tierra y le suplicó: ‘Señor, si quieres puedes curarme’. Me llama mucho la atención la humildad y la fe de este hombre. En aquel tiempo, la lepra no solo era una enfermedad física, sino también una condena social y espiritual. Los leprosos eran apartados de todos. Sin embargo, él no llega exigiendo un milagro, sino que se rinde totalmente a la voluntad de Jesús. Su oración es perfecta, reconoce el poder de Jesús en el ‘puedes’, pero respeta su voluntad en el ‘si quieres’. Es un recordatorio de que, acercarnos a Dios, requiere reconocer nuestra necesidad y confiar en su voluntad por encima de la nuestra. 

La respuesta de Jesús es inmediata, estiró la mano y lo tocó. Según la ley de esa época, tocar a un leproso hacía que uno quedara impuro, pero a Jesús no le importa romper las reglas con tal de restaurar la dignidad de una persona. Con ese toque Él le está diciendo que ya no está solo ni rechazado: ‘quiero, queda limpio’, le dice, y al instante la lepra desaparece. 

Muchas veces nosotros nos sentimos como el leproso cargando culpas, vergüenzas o pecados que nos hacen sentir lejos de Dios, pero este pasaje nos enseña que no hay nada tan sucio en nosotros que el toque de Jesús no pueda sanar; Él no nos mira con desprecio, sino con una compasión que busca restaurarnos por completo. 

Finalmente, el pasaje nos dice que, aunque la fama de Jesús crecía, Él solía retirarse a lugares solitarios para orar. [...] la verdadera fuerza para enfrentar nuestra realidad y para ser testimonio ante los demás nace de esos momentos de intimidad con Dios.

Pregunta:

¿Cómo vivo la aparente ausencia de Dios en los momentos de prueba?

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 27,1)
Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.