Bendito seas, Señor, por el don de la vida y la confianza que ponemos en ti, ya que confiamos en tu infinita misericordia. Señor, tuviste que sufrir la humillación de ser negado y traicionado por aquellos a quienes llamabas tus amigos. Pero convertiste tu pasión y muerte en instrumentos de amor y reconciliación. Haznos como tú, “personas-para-los-demás”, que aceptemos dificultades, incomprensiones y traiciones de nuestros mejores amigos, y que las transformemos en fuentes de vida y alegría para todos los que nos rodean. Guárdanos siempre fieles a ti y a nuestros hermanos. Que tu cruz siga siendo para nosotros un misterio de amor, de entrega y sacrificio para que confiemos en tu palabra y ejemplo de que ése es un camino de alegría y libertad. Transforma nuestras cruces y hazlas portadoras de vida y felicidad. Que, recostados en tu pecho en este Martes Santo, nuestro compromiso sea de fidelidad de servicio y de entrega, de fidelidad y sinceridad que no traicionemos con actitudes negativas a nadie. Bendecida y esperanzadora jornada.
Palabra del Papa
La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de la propia «elevación» en su «hora». En realidad, es más una declaración de plena disposición a entrar, libre y generosamente, en el diseño de Dios Padre que se cumple al ser entregado, y en la muerte y resurrección. La «hora» se inició con la traición de Jesús y culminará con la subida de Jesús resucitado al Padre. La salida de Judas del cenáculo es comentada por Jesús con estas palabras: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él». No es casual que comience la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti». La glorificación que Jesús pide para sí mismo como Sumo Sacerdote es la entrada en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lleva a la más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo fuese». Es esta disponibilidad y esta petición es el primer acto del nuevo sacerdocio de Jesús, que es un donarse por completo en la cruz, y justamente sobre la cruz —el supremo acto de amor—, Él es glorificado, porque el amor es la verdadera gloria, la gloria divina. (Benedicto XVI, 25 de noviembre de 2011).
ORACIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-31-de-marzo-de-2026
Señor, acabo de leer el evangelio que va a ser objeto de mi oración hoy. Hay cosas tan tiernas, tan hermosas y, al mismo tiempo, tan duras, tan dolorosas, que necesito que me envíes el Espíritu Santo para que me ilumine y esto que leo, pura letra, se convierta en mí en experiencia de vida. No quiero hacer del amor una bonita teoría. Quiero hacer de mi amor el fundamento de mi vida.
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-31-de-marzo-de-2026
Es impresionante la reacción de Jesús ante la traición de un discípulo: “Se turbó”. Y no es para menos. Jesús tuvo con Judas gestos de especial cercanía. Le ha lavado los pies como a los demás y se los ha secado. En la cena le ha dado el bocado “untado en salsa”, signo de una amistad íntima. Y en el huerto, en el mismo “beso de traición” le ha dicho: “Amigo, ¿a qué has venido?” Amigo, no porque lo seas, sino porque —por mi parte— todavía puedes serlo. Frente a la iniquidad del discípulo “traidor” —y en paralelo— aparece otro discípulo que no tiene nombre. Si el nombre para un judío expresa la esencia de la persona, el verdadero nombre de este discípulo ya no puede ser Juan sino “el discípulo que Jesús tanto quería”. Eso es lo verdaderamente importante que ha ocurrido en su vida. Desde ahora se llamará “el discípulo amado”. Nos preguntamos: ¿se puede subsanar una traición? Sí, a base de amor. Y el amor desbordante de este discípulo va a compensar con creces la ingratitud del “traidor”. Asimisdmo, la triple negación de Pedro va a quedar enterrada y olvidada por la triple profesión de fe. Para Jesús poco importa lo que hayamos sido. Lo importante es lo que todavía podemos ser. Me emocionan estas palabras de Jesús: «Hijos míos, qué poco me queda de estar con vosotros». Nunca ha llamado a los discípulos hijos. Y el evangelista, que ha sido testigo ocular, dice «hijitos». No hay diminutivos para esta palabra en la lengua que usó Jesús. Pero Juan no sólo recogió la palabra sino el modo de decirla, el sentimiento que puso. Y para ser fiel a todo esto, la puso en diminutivo, en tono emotivo y cariñoso. Le costaba arrancarse de aquellos discípulos a los que tanto quería.

