Amanecer radiante y lleno de esperanza para de este nuevo día último laboral en el cual podemos darte gracias por este mes que mañana terminaremos. Ahora es el momento propicio para pensar en tu palabra y que esperas de cada uno de nosotros:
«Siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría». Esa frase de san Pablo en la primera lectura casi puede pasar desapercibida y, sin embargo, dice mucho. Pablo comienza la carta a los Filipenses dando gracias. No empieza señalando lo que falta, corrigiendo defectos o recordando obligaciones. Empieza agradeciendo a Dios la vida de aquellos hombres y mujeres con los que ha compartido el Evangelio. No es poca cosa. Porque con frecuencia nos resulta más fácil descubrir lo que falta en los demás que reconocer lo que Dios ya está haciendo en nosotros. También en nuestras familias y comunidades podemos acostumbrarnos tanto unos a otros que terminamos viendo antes los defectos que los dones, lo que nos molesta que lo que agradecemos, lo que debería cambiar que todo aquello que merece ser reconocido. Pablo, en cambio, sabe mirar de otra manera: «El que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante». Es una invitación a confiar en los procesos. Dios todavía está trabajando en cada persona. Ninguno de nosotros está terminado. Y quizá una de las formas más hermosas de vivir unidos sea permitir que Dios continúe trabajando en el otro sin pretender hacer nosotros su trabajo. Tu palabra, nos coloca ante otra manera de mirar. Jesús está comiendo en casa de uno de los principales fariseos y san Lucas señala un detalle significativo: «Ellos lo estaban espiando». También ellos miran, pero su mirada es completamente distinta. No miran para descubrir el bien, sino para encontrar un error. Y aparece delante tuyo, un hombre enfermo. Entonces viene tu pregunta: «¿Es lícito curar los sábados o no?». Ellos callan.
Tu pregunta parece referirse al sábado, pero en realidad va mucho más lejos, estás preguntando qué ocupa el centro de nuestra vida: la norma o la persona; el cumplimiento o la misericordia; aquello que siempre hemos hecho o la necesidad concreta de quien tenemos delante. Señor, muchas veces como estos fariseos nosotros también quedamos sin nada que poder replicar porque todo lo haces bien, tu misericordia y tu compasión están por encima de toda ley y obstáculo humanos. Gracias, señor, por tu compasión; tu bondad y tu misericordia. Amén.
Un muy feliz y santo fin de semana.
PALABRA DEL PAPA
Jesús sanaba: dejaos curar por Jesús. Todos nosotros tenemos heridas, todos: heridas espirituales, pecados, enemistades, celos; tal vez no saludamos a alguien: «¡Ah! Me hizo esto, ya no lo saludo». Pero hay que curar esto. «¿Y cómo hago?». Reza y pide a Jesús que lo sane. Es triste cuando en una familia los hermanos no se hablan por una estupidez, porque el diablo toma una estupidez y hace todo un mundo. Después, las enemistades van adelante, muchas veces durante años, y esa familia se destruye. Los padres sufren porque los hijos no se hablan, o la mujer de un hijo no habla con el otro, y así los celos, las envidas… El diablo siembra esto. Y el único que expulsa los demonios es Jesús. El único que cura estas cosas es Jesús. Por eso, os digo a cada uno de vosotros: dejaos curar por Jesús. Cada uno sabe dónde tiene la herida. Cada uno de nosotros tiene una; no sólo tiene una: dos, tres, cuatro, veinte. Cada uno sabe. Que Jesús cure esas heridas. Pero, para esto, tengo que abrir el corazón, para que Él venga. ¿Y cómo abro el corazón? Rezando. «Pero, Señor, no puedo con esa gente, la odio, me ha hecho esto, esto y esto…». «Cura esta herida, Señor». Si le pedimos a Jesús esta gracia, Él nos la concederá. Déjate curar por Jesús. Deja que Jesús te cure. (Francisco - Homilía en la Santa Misa en la parroquia romana de "San Michele Arcangelo" en Pietralata, 8 de febrero de 2015)
