El día nace para cada uno de nosotros, por tu bondad y generosidad. Día perfecto para sonreír y servir, para ser felices y amar, para ser comprensivos y armoniosos. Concédenos paciencia e inteligencia, para comprender en tu palabra. Lo que esperas de cada uno de nosotros.; Porque muchas veces nos debilitan nuestros agobios y dificultades y andamos a tientas. Señor, que tu Espíritu nos llene con su sabiduría y su ardor, para que la semilla de mostaza que es amor y servicio vaya creciendo y robusteciéndose con tu presencia.
Que la levadura logre ser fermento de esperanza, de solidaridad y comprensión, para lograr que la masa sea verdadero alimento. En las palabras que hoy nos da San Pablo, ojalá podamos comprender el sentido de obediencia que el apóstol nos quiere mostrar: son palabras que han dado lugar a una mala comprensión de lo que significa el matrimonio. Por lo general se ha comprendido como una relación de dominio de un sexo sobre otro. Pero no ha de ser así. La obediencia es estar a la escucha, no es estar subyugado. La obediencia es tener en cuenta el ser y el pensar de cada uno, abierto a sus necesidades, para que en la mutua entrega de amor se pueda dar una total donación de sí mismo. Eso es lo que significa dar alimento y calor. Ser el uno para el otro, caminar en la misma dirección y amarse con sentimientos de generosidad, de respeto y ante todo de amor mutuo. Ayúdanos, Señor, para que, comprendiendo tu palabra, sepamos qué hemos de hacer: sembrar para cosechar, amar para ser felices, servir para cumplir tu voluntad, ser fermento de esperanza para que entre todos logremos la unidad, la comprensión y la solidaridad. Amén. Un muy amoroso y servicial martes para todos. Bendiciones abundantes.
Palabra del Papa
La imagen del grano de mostaza. Si bien es el más pequeño de todas las semillas, está lleno de vida y crece hasta volverse ‘más grande que todas las plantas de huerto’. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a ser parte es necesario ser pobres en el corazón; no confiarse en las propias capacidades sino en la potencia del amor de Dios; no actuar para ser importantes a los ojos de mundo, sino preciosos a los ojos de Dios, que tiene predilección por simples y los humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar a toda la masa del mundo y de la historia. (Ángelus de S.S. Francisco, 14 de junio de 2015).
