Infinitas gracias por un nuevo día que nos regalas para disfrutarlo y pasar haciendo el bien a nuestros hermanos.
No estamos solos, porque nos has regalado bondadosamente a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael para que sean nuestros protectores y nuestra fuerza en cada instante de nuestras vidas. Ellos nos hablan de Ti, que quieres nuestro bien y te preocupas por nosotros. Ellos son tu ayuda para escuchar, atender y sentir los dolores y alegrías de nuestros corazones. La Fuerza de Dios (Gabriel), la Medicina de Dios (Rafael) nos hablan de un Dios que está con nosotros y por nosotros, que quiere nuestra vida, nuestra felicidad, nuestro bienestar. ¿Qué Dios hay como éste? O como dijo Miguel: ¿Quién como Dios? Danos la gracia de saber que ellos son esa coraza de amor que colocas en nuestros pechos, para poder rechazar el mal y guiarnos por el camino de la fe y la esperanza. Que ellos sigan trayéndonos buenas noticias de cuánto nos quieres; sean nuestros defensores en la lucha contra el mal y nos conserven en salud y bienestar, sean nuestro auxilio y protección. Amén.
Un muy feliz y santificado martes para todos.
Palabra del Papa
El evangelista nos refiere que, cuando Jesús ve a Natanael acercarse, exclama: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1, 47). Se trata de un elogio que recuerda el texto de un salmo: «Dichoso el hombre... en cuyo espíritu no hay fraude» (Sal 32, 2), pero que suscita la curiosidad de Natanael, que replica asombrado: «¿De qué me conoces?» (Jn 1, 48). La respuesta de Jesús no es inmediatamente comprensible. Le dice: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1, 48). No sabemos qué había sucedido bajo esa higuera. Es evidente que se trata de un momento decisivo en la vida de Natanael. Él se siente tocado en el corazón por estas palabras de Jesús, se siente comprendido y llega a la conclusión: este hombre sabe todo sobre mí, sabe y conoce el camino de la vida, de este hombre puedo fiarme realmente. Y así responde con una confesión de fe límpida y hermosa, diciendo: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1, 49). En ella se da un primer e importante paso en el itinerario de adhesión a Jesús. (Benedicto XVI, Catequesis del 4 de octubre de 2006)).
