Por otro día, por otro amanecer, gracias, Señor. Por lo que quieres que hagamos y cumplamos, ayúdanos, Señor, con la fuerza de tu Espíritu y danos el don del discernimiento para comprender tu palabra y qué hemos de hacer. Bartimeo hace una cosa muy importante: «soltó el manto», que, probablemente, era casi lo único que poseía y no tuvo reparos en quedarse sin nada para poder verte. Fue capaz de desprenderse quizás de lo único que poseía. Tanto sus desesperadas voces como su desprendimiento hicieron que te viera. Tú sabías que él buscaba algo mucho más importante, que solo tú le podías dar. Por eso Tú dices a tus discípulos: “llamadlo”. No dices “traedlo” o “buscadlo”. Llamas a ser discípulo tuyo, a formar parte de los hijos de Dios, a aquel excluido por su ceguera, que se consideraba una maldición. No quieres limitarte a curar la ceguera de Bartimeo, quieres sacarlo de su vida sin sentido para introducirlo en un mundo nuevo: tu Reino.
Conociste la fe de Bartimeo, pues oíste la desesperación con la que te llamó a gritos, la decisión con la que dejó su manto tirado en el suelo, la docilidad con la que siguió a tus discípulos y la humildad con la que reconoció públicamente su ceguera. Por eso le dices: «Anda, tu fe te ha curado». La vida de Bartimeo había quedado paralizada no sólo por su ceguera. Hoy somos nosotros los “Bartimeos” que tenemos que gritar, que estamos ciegos por nuestros egoísmos, nuestra pereza, nuestra envidia. Queremos soltar el manto de nuestra arrogancia e ir a Ti, para que nos digas: “anda”, es decir, “vuelve a caminar en la vida, vuelve a mirar el amor de Dios en tu hermano”. Hoy nos vuelven los interrogantes para que recapacitemos y hagamos un examen de nuestra fe: ¿Te buscamos con el ansia de Bartimeo?, ¿somos capaces de dejarlo todo por ir a tu encuentro?, ¿nos sentimos realmente llamados por Ti? Y si Tú nos preguntas qué queremos que haga por nosotros, ¿qué te diríamos? Bartimeo tenía muy claro qué era lo que más necesitaba. ¿Somos conscientes de lo que realmente necesitamos?
Todos, de algún modo, estamos «ciegos». Reconocemos que necesitamos que nos ayudes a convertirnos interiormente, a madurar espiritualmente. Danos el valor y la humildad para decirte: «Maestro, que pueda ver». Un muy claro y desprendido Domingo, compartido y generoso.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
La fe de Bartimeo se refleja en su oración. No es una oración tímida y convencional. Ante todo, llama al Señor “Hijo de David”, o sea, lo reconoce Mesías, Rey que viene al mundo. Después lo llama por su nombre, con confianza: “Jesús”. No tiene miedo de Él, no se distancia. Y así, desde el corazón, grita al Dios amigo todo su drama: “Ten compasión de mí”. ¡Solo esa oración “ten compasión de mí!”. No le pide una moneda como hace con los viandantes. No. A Aquel que todo lo puede, le pide todo. A la gente le pide unos centavos, a Jesús que tiene poder para realizar todo, le pide todo. “Ten compasión de mí, ten compasión de todo lo que soy”. No pide una gracia, sino que se presenta a sí mismo: pide misericordia para su persona, para su vida. No es una petición insignificante, pero es muy bella, porque invoca piedad, o sea, compasión, la misericordia de Dios, su ternura. (…) Pidamos todo a Aquel que puede darnos todo, como hizo Bartimeo, que es un gran maestro, un gran maestro de oración. Que Bartimeo nos sirva como ejemplo con su fe concreta, insistente y valiente. Y que Nuestra Señora, Virgen orante, nos enseñe a dirigirnos a Dios con todo el corazón, con la confianza de que Él escucha atentamente toda oración. (Ángelus, 24 de octubre de 2021)
