Van pasando los días, las noches y los amaneceres; pasa tu palabra que nos alimenta cada día con nuevos consuelos y esperanzas. Abrimos nuestro corazón a la palabra que nos diriges porque cada día es más enriquecedora. Ahora permítenos meditar en ella.
Para Dios hay una sola justicia, la que está basada en el amor, el amor incondicional, el que no mira lo ocurrido, el que no pide nada a cambio, el que es verdadero.
La justicia basada en el amor no puede estar al margen del perdón. No se puede vivir desde la hipocresía creyendo que mentimos a los que nos rodean, e incluso a nosotros mismos, cuando somos capaces de mostrar una cara de solidaridad, de ayuda, de acogida, pero en realidad nos cuesta acercarnos a los que tenemos al lado y más nos “molestan”. O esa hipocresía en la que no somos capaces de dialogar con los que viven cerca, pero somos capaces de dar lecciones de diálogo y humildad a los que nos tienen como maestros y como líderes.
La justicia debe comenzar por nosotros mismos, por medir en la balanza nuestra forma de vivir y de sentir, y a partir de ahí, darnos cuenta de que no tenemos derecho a juzgar a los demás.
Gracias, Señor, por tu enriquecedora palabra en la que descubrimos al Padre de la bondad de la misericordia y de la generosidad. Gracias por recordarnos que debemos pedir, buscar y —ante todo— llamar a la puerta de tu corazón y la del Padre celestial para que nos abra esa puerta llena de fe, esperanza y caridad. Te alabamos, te bendecimos, te adoramos y te glorificamos en este jueves vocacional que es generoso para recibir tu inmenso amor. Que no olvidemos tus palabras: «todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes háganlo ustedes con ellos pues ahí está la ley y los profetas». Amén.
Meditación del papa Francisco
De manera directa, pero con afecto, Jesús dice: «Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»
Cuánta sabiduría hay en estas palabras. Es verdad que en cuanto a bondad y pureza de corazón nosotros, seres humanos, no tenemos mucho de qué vanagloriarnos. Pero Jesús sabe que, en lo que se refiere a los niños, somos capaces de una generosidad infinita. Por eso nos alienta: si tenemos fe, el Padre nos dará su Espíritu.
Nosotros los cristianos, discípulos del Señor, pedimos a las familias del mundo que nos ayuden. Somos muchos los que participamos en esta celebración y esto es ya en sí mismo algo profético, una especie de milagro en el mundo de hoy que está cansado de inventar nuevas divisiones, nuevos quebrantos, nuestros desastres. Ojalá todos fuéramos profetas. Ojalá cada uno de nosotros se abriera a los milagros del amor para el bien de su propia familia todas las familias del mundo, y estoy hablando de milagro de amor y poder así superar el escándalo de un amor mezquino y desconfiado, encerrado en sí mismo e impaciente con los demás. (Homilía de S.S. Francisco, 27 de septiembre de 2015).
ORACIÓN
Te damos gracias porque tu naturaleza es darnos cosas buenas. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe para que pidamos con audacia, busquemos con diligencia y llamemos a tu puerta sin cansarnos.
Te suplicamos que nos ayudes a alinear nuestros deseos con tu voluntad, guiados por la regla de oro. Que lo que pidamos sea aquello que desearíamos dar a nuestro prójimo.
Concédenos la confianza de que al pedirte lo bueno tú nos lo darás. Ayúdanos a vivir esta semana practicando la justicia y el amor que tú nos enseñas.
REFLEXIÓN (Aleteia)
La lectura de hoy nos presenta tres imperativos que propone Jesús a sus discípulos, “pedir, buscar, y llamar” y Jesús enseña algo más novedoso aún: «Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes».
Preguntémonos lo siguiente para profundizar en nuestra vida estas palabras de Salvación:
¿Me atrevo a pedir cuando oro al Señor?, ¿qué es lo que le pido?, ¿lo hago solo por mí?, ¿pido con la confianza y certeza de que el Padre me lo concederá?
¿Busco al Señor durante el día? ¿lo busco en mi familia y comunidad? ¿lo encuentro en el hermano?, ¿comparto con otros la alegría del encuentro con el Señor?
¿Invoco al Señor para que obre en mi vida y me asista?, ¿me encomiendo a Dios en los momentos difíciles de prueba y tentación?
¿Hago por los demás eso que espero que hagan por mí?, ¿me comprometo a hacerlo concreto?

