Última semana y último domingo de nuestro mes de octubre.
Amaneceres en los que seguimos contemplando por tu generosidad y misericordia; nuevos días que nos vas regalando. Gracias, Señor, por la semana que culmina para cada uno de nosotros, porque hemos encontrado momentos de alegría y felicidad en que hemos podido compartir en generosidad de corazón. No te podemos mentir, Señor, que algunos días fueron de desánimo y casi sin esperanza; momentos en que desconfiamos de tu santa voluntad, pero tú nos has fortalecido y nos mostraste el camino más adecuado, que es el de confiar en ti.
Gracias, Señor, porque ahora se abre nuestro corazón para meditar tu palabra, que siempre será para nosotros motivante. Hoy, ante la pregunta que hace el doctor de la ley, tú respondes sin titubeos que lo más importante es el amor. Pero no un amor impersonal o teórico, sino un amor que implica todo su ser y que se dirija al Padre celestial: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». El relato de este mandamiento principal y primero es aquel que incluye al otro y a uno mismo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Vale recordar tu originalidad al vincular ambos mandamientos, sin duda alguna, ya conocidos por tus oyentes. La vinculación del amor a Dios y al prójimo nos salva de situarnos de modo desencarnado en el mundo, al menos, apunta al horizonte hacia el cual nuestro amor a Dios se verifica y también el amor al prójimo. Pero entonces, viene la pregunta ¿quién es mi prójimo o?, más bien, ¿cómo ayudarlo, protegerlo o custodiarlo? De qué manera hoy estamos llamados a hacer valioso en el mundo el amor que profesamos a Dios con nuestra inteligencia, nuestro corazón y nuestra alma. Con relación al prójimo nuestro riesgo es el de siempre: no verlo, no acogerlo, no aceptarlo o, simplemente ignorarlo. Y hoy se han multiplicado las formas de hacer esto mientras se pretende quedar bien con Dios. Olvidándonos de nuestros hermanos incluso de nosotros mismos.
Ayúdanos, Señor, a amar con el corazón, el alma y la vida, que es una de las misiones más importantes en nuestro camino de seguimiento a ti, permítenos estar dispuestos a renovar nuestro compromiso de amar con tu mismo amor y a encontrar en nuestros hermanos tu bondad. Sácanos del amor egoísta y condúcenos hacia la libertad de los hijos De Dios, con corazón enamorado que te descubre en cada instante de nuestra vida. Amén.
Un muy feliz y descansado domingo lleno de amor y buenos sentimientos.
PALABRA DEL PAPA
El Evangelio de este domingo (Mc 12, 28-34) nos vuelve a proponer la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento más grande: el mandamiento del amor, que es doble: amar a Dios y amar al prójimo. (…) Antes que un mandato —el amor no es un mandato— es un don, una realidad que Dios nos hace conocer y experimentar, de forma que, como una semilla, pueda germinar también dentro de nosotros y desarrollarse en nuestra vida. Si el amor de Dios ha echado raíces profundas en una persona, ésta es capaz de amar también a quien no lo merece, como precisamente hace Dios respecto a nosotros. El padre y la madre no aman a sus hijos sólo cuando lo merecen: los aman siempre, aunque naturalmente les señalan cuándo se equivocan. De Dios aprendemos a querer siempre y sólo el bien y jamás el mal. Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor. Pero se da también el recorrido inverso: que abriéndome al otro tal como es, saliéndole al encuentro, haciéndome disponible, me abro también a conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y se encuentran en relación recíproca. (Benedicto XVI - Ángelus, 4 de noviembre de 2012)
