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24-mar.-2026, martes de la 5.ª semana de Cuaresma

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Dios comunica su fuerza de curación, fuerza de curación que es su misericordia, más fuerte que el veneno del tentador.

Bendiciones abundantes hemos recibido en este nuevo día y al darte gracias, lo hacemos con fe, esperanza y mucho optimismo y sobre todo con deseos de servir a nuestros hermanos. Iniciamos nuestra corta semana después de nuestro descanso y lo hacemos con nuevas fuerzas y deseos de seguir adelante con la ayuda que significa tu presencia en nuestras vidas. Elevamos nuestra oración confiada y esperanzadora para que llegue a tu corazón. 
Oh, Dios nuestro, misericordioso y salvador: Recorriendo y vagando por nuestros desiertos de injusticia y falta de amor, clamamos a ti a voz en grito, pero con temor o quizás nos quedamos pasmados en silencio, y algunos en duda y desesperación. Danos bastante fe y confianza para mirarte como aquel que cargó sobre sí nuestras dudas y nuestros males. Que sepamos mirarte con fe y esperanza en la cruz, implorando fortaleza y curación, libéranos de todo mal y ayúdanos a alzarnos por encima del pecado, porque sabemos y creemos que tú estás con nosotros. Que nuestros corazones encuentren consuelo y sanación al contemplarte en la cruz y saber que por tu entrega en ella nos liberaste y sanaste. Gracias Señor. Te alabamos, te bendecimos y adoramos ya que en Ti confiamos y a tu amor nos acogemos. María sea nuestro auxilio y compañía. Amén.

PALABRA DEL PAPA

La primera Lectura nos habla del camino del pueblo en el desierto. Pensemos en aquella gente en marcha, siguiendo a Moisés. (...) En un momento dado, «el pueblo estaba extenuado del camino» (Nm 21,4). Estaban cansados, no tenían agua y comían sólo “maná”, un alimento milagroso, dado por Dios, pero que, en aquel momento de crisis, les parecía demasiado poco. Y entonces se quejaron y protestaron contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis sacado…?” (cf. Nm 21,5). Es la tentación de volver atrás, de abandonar el camino. En ese momento de desorientación –dice la Biblia–, llegaron serpientes venenosas que mordían a la gente, y muchos murieron. Esto provocó el arrepentimiento del pueblo, que pidió perdón a Moisés y le suplicó que rogase al Señor que apartase las serpientes. Moisés rezó al Señor y Él dio el remedio: una serpiente de bronce sobre un estandarte; quien la mire, quedará sano del veneno mortal de las serpientes. ¿Qué significa este símbolo? Dios no acaba con las serpientes, sino que da un “antídoto”: mediante esa serpiente de bronce, hecha por Moisés, Dios comunica su fuerza de curación, fuerza de curación que es su misericordia, más fuerte que el veneno del tentador. (Francisco - Homilía en la Santa Misa con el rito del matrimonio, 14 de septiembre de 2014)

ORACIÓN 

Señor, hoy quiero acercarme a Ti como de puntillas, como se acercaba Moisés a la zarza. Soy hombre frágil, y necesito tu ayuda. Tú eres de arriba y yo de abajo. ¿Por qué no me echas una mano y me levantas? Levanta mi ánimo, pero también mis aspiraciones, mis ganas de superación, mis deseos y anhelos por las cosas de arriba…Tú eres de otro mundo. ¿Por qué no me llevas a él? Al menos lo intentaré en este rato de oración. ¡Ayúdame! Amén. 


Reflexión P. RAÚL ROMERO LÓPEZ, marzo 2026

“Levantar en alto” es una manera simbólica de hablar de la Cruz. Jesús muere en lo alto del Monte Calvario. Y con su muerte “por amor” nos ha levantado a nosotros de nuestras bajezas, nuestras miserias, nuestros pecados. Sí, el pecado es lo más bajo donde podemos caer. Y Jesús no quiere que permanezcamos hundidos en lo más bajo.   Nos quiere elevar al amor más alto, más auténtico, más sublime y, por consecuente, el más sacrificado. “Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él” (Jn. 14,13). Jesús, entregando su vida por amor nos ha descubierto que lo importante de la vida es el amor. Una vida vivida sin amor es una vida malograda, perdida. Pero Jesús muriendo en la Cruz por amor, nos ha dado la clave para entender el verdadero amor. Hace falta amar mucho a una persona para dar la vida por ella. Más aún, Jesús nos ha demostrado que se puede vivir el amor de tal manera que ya sólo interesa agradar y complacer a la persona que amas. Jesús vivió “para hacer todo lo que al Padre le agrada”.  Y ahí puso la esencia de su auténtica felicidad. ¿Hemos descubierto que nuestra auténtica felicidad consiste precisamente en hacer feliz a la persona que amamos?  ¿Nos imaginamos una vida pendiente sólo de hacer feliz a Dios y a nuestros hermanos? ¡Qué vida tan llena! ¡Qué vida tan bella!

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.