Alegre despertar que nos das en esta mañana y al salir de la noche a la aurora, nos disponemos a cumplir tu voluntad y hoy te preguntamos: ¿qué hemos de hacer? Tu respuesta: levántate y ve a llevar consuelo a tu hermano desamparado, al que vive en soledad, al que ha perdido las fuerzas para seguir luchando, al incrédulo, al falto de fe, a tu compañero de labores, a los que te encuentres en este día. Yo te daré palabras de sabiduría, de fe y esperanza.
Gracias, Señor, por enviarnos y lo haremos con mucha alegría y felicidad porque vamos en tu nombre. Al igual que Felipe, tengamos ocasión de experimentar aquello que está escrito en los profetas, y que Tú retomas en el Evangelio de hoy: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que viene a ti, todo el que escucha y aprende de ti, todo el que come el Pan vivo bajado del cielo será discípulo. Llénanos de paciencia y, ante todo, de sabiduría para discernir tu palabra y llevarla a los demás.
Oportunidades sí hay, ayúdanos a perder el miedo y dejar que Tú te transparentes en nosotros y te valgas de nosotros, como hiciste con Felipe, para extender tu amor a los demás. Llena, Señor, nuestros corazones y espacios de ti, que en cada cosa que hagamos sea fácil descubrirte; que nuestras vidas sean tuyas. Y danos también el valor para que, cuando nos pregunten sobre ti, podamos dar un buen testimonio de tu amor y de tu bondad. Haznos, Señor, un instrumento útil para ti.
¿A cuántos hermanos acercaré a Dios? ¿a cuántos tocaré hoy el corazón? Feliz jueves de bendiciones y vocaciones.
Palabra del Papa
Una celebración puede resultar impecable desde el punto de vista exterior. ¡Bellísima! Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida. El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día». Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna. ¡Así sea! (S.S. Francisco, catequesis, 12 de febrero de 2014).
Oración
Señor Jesús, hoy me acerco a Ti reconociendo que solo Tú puedes saciar el hambre de mi alma y la sed de mi espíritu. Gracias por decirme: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre». Ayúdame a buscarte siempre a Ti antes que a las cosas del mundo.
Gracias, Padre celestial, porque me has entregado a tu Hijo, y gracias a Él tengo la promesa de que, si me acerco, nunca seré rechazado. Me reconforta saber que tu voluntad es que no se pierda nada de lo que nos has dado, y que en Ti tengo la esperanza de la vida eterna y la resurrección.
Permíteme, Señor, mirarte hoy con fe, creer en Ti con todo mi corazón y vivir bajo tu voluntad, así como Tú viviste para cumplir la del Padre. Que mi vida sea un reflejo de esa confianza en que Tú descendiste del cielo para darnos vida en abundancia. Amén.
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-23-de-abril-de-2026
Me encanta estar apuntado a una religión, como la de Jesús, que habla de atracción, de deleite, de fascinación. Me encanta oír de los labios de Jesús que Dios atrae, que Dios seduce, que Dios encanta. Yo respeto a todos, también a aquellos que necesitan leyes, normas, preceptos, deberes, obligaciones. Los respetos, pero no los sigo. Yo prefiero ser atraído por el amor del Padre, ser seducido por Él, sentirme encantado de vivir en su casa, sentarme a su mesa, comer de su pan, beber de su vino y cobijarme a la sombra del “árbol de la vida” que crece en su jardín. Sólo una persona “dichosa” puede hacer dichosos a los demás; sólo una persona encantada puede encantar a los demás; sólo una persona “satisfecha” puede llenar de sentido y de ilusión la vida de los demás. Sólo una persona que está contenta y feliz con su Dios puede bendecir, es decir, hablar bien de Dios. A Dios sólo se le puede encontrar por el camino del amor. Si nos salimos de ese camino, siempre, siempre nos equivocamos y podemos convertir a Dios en un ídolo. «Dios es amor» (1 Jn 4,8).
