Gracias, Señor, por tu bondad, tu misericordia y tu amor en este nuevo camino que comienzas a señalarnos. Lo encontraremos como camino de pétalos y lo recorreremos llenos de alegría y felicidad. O lo convertiremos en camino de espinas por nuestra pereza y pesimismo.
Tu palabra nos pide testimonio y sólo lo lograremos si nos ayudas para que seamos tus testigos: «Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo». Tú encontraste oposición y contradicción entre los tuyos, por eso no hay que esperar sin más que nuestra condición de discípulos sea distinta. El mundo sabe que tu palabra nos hace libres y verdaderos y eso incomoda a muchos que viven bajo la mentira y el egoísmo. Danos tu amor generoso para que nosotros también aprendamos por experiencia que sentimos mayor alegría al darnos a nosotros mismos que al recibir honores o favores.
Que el Espíritu Santo nos haga sentirnos generosos y que compartamos alegremente unos con otros nuestras riquezas y dones recibidos.
«No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal». Protégenos y bendícenos, guárdanos y fortalécenos en tu amor. GRACIAS, SEÑOR. QUE TODOS SEAMOS UNO.
Feliz y santificado miércoles.
Las palabras de los Papas
Las divisiones entre los cristianos, mientras hieren a la Iglesia, hieren a Cristo, y nosotros divididos provocamos una herida a Cristo: la Iglesia, en efecto, es el cuerpo del cual Cristo es la cabeza. Sabemos bien cuánto interesó a Jesús que sus discípulos permanecieran unidos en su amor. Basta pensar en sus palabras referidas en el capítulo diecisiete del Evangelio de san Juan, la oración dirigida al Padre en la inminencia de su pasión: «Padre Santo guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). Esta unidad era ya amenazada cuando Jesús estaba aún entre los suyos: en el Evangelio, en efecto, se recuerda que los apóstoles discutían entre ellos sobre quién era el más grande, el más importante (cf. Lc 9, 46). El Señor, sin embargo, insistió mucho en la unidad en el nombre del Padre, haciéndonos entender que nuestro anuncio y nuestro testimonio serán tanto más creíbles cuanto más nosotros primero seamos capaces de vivir en comunión y amarnos. (Francisco, Audiencia general, 8 de octubre de 2014)
Oración
Ven, oh consolador buenísimo del alma que sufre...
Ven, tú que purificas las manchas, tú que curas las heridas.
Ven, fuerza de los débiles, vencedor de los orgullosos.
Ven, oh tierno padre de los huérfanos...
Ven, esperanza de los pobres...
Ven, estrella de los navegantes, puerto de los que naufragan.
Ven, oh gloriosa insignia de los que viven.
Ven, tú el más santo de los Espíritus,
ven y ten compasión de mí.
Hazme conforme a ti...
Señor, hay cosas que me rebasan, que me superan, que me trasladan a un mundo maravilloso, tu propio mundo. ¿Cómo podría yo soñar que me ibas a introducir en tu propia vida trinitaria? ¿Cómo me podría imaginar que me ibas a comunicar tu misma verdad, tu misma alegría, tu propia e íntima unidad? Hoy no necesito palabras, sino silencio. Un silencio ancho, profundo y prolongado.
