Radiante y bello amanecer en este último día laboral, en la Solemnidad del Sagrado Corazón, con la que nos disponemos un nuevo fin de semana, vivido y compartido en el amor y la ternura de tu misericordia. Gracias, Señor, por darnos la ocasión de amar como tú nos amas y como nos dice hoy san Juan: «amémonos los unos a los otros, ya que el amor es d Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios».
En la solemnidad de tu Sagrado Corazón, tu palabra nos revela la profundidad del amor de Dios manifestado en ti. Te presentas como el que ora sencillamente desde la gratitud por todo lo que acontece en tu vida y en la de quienes te escuchan y siguen. Admiras en los pobres y más incultos su capacidad para que la Buena noticia encuentre espacio y eco en sus vidas. El Padre de todos, el Señor de nuestra historia, por puro amor y benevolencia se revela a quienes, vaciados de sí mismos, acogen con sencillez la bondad de Dios.
Recordamos que, a pesar de tu condición divina, te anonadaste, te hiciste “pequeño” para acoger todo lo que el Padre te había confiado, y de esta manera, nos enseñas el camino para crecer en la fe, entender tu Palabra y descubrir tu voluntad.
Nos introduces en tu escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, nos enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre, quienes nos encontramos agobiadas por el peso de la vida, cansados de la carga que nos ocasionan otros, con la inquietud que impone la incertidumbre del futuro… encontramos acogida en tu Corazón. Sin que la carga sea suprimida, contigo, se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, ya no se lleva en solitario, sino que es sobrellevado por ti. Gracias, Señor, por tu amor y tu bondad, pero sobre todo por llevarnos de tu mano y siempre en tu sagrado corazón. Alabamos te bendecimos y te glorificamos. Hoy te decimos: “sagrado corazón de Jesús, en vos confío”. Amén.
