Ese amanecer de este jueves vocacional te damos gracias por el don de la vida de la salud y el bienestar.
Hoy nos regalas la memoria obligatoria de san Bernabé, apóstol (llamado hijo de la consolación), un levita de Chipre que vendió un campo y dio el dinero a los apóstoles; considerado apóstol —como san Pablo— junto a los Doce. Pasó buen tiempo en Jerusalén y junto a Pablo fue a Antioquía, donde por primera vez recibieron el nombre de “cristianos”. Cada fiesta de los apóstoles es una fiesta para cada uno de nosotros, que somos enviados por tu amor a ser discípulos de esperanza. Hoy nos presentas una exigencia muy hermosa: procuren no llevar ni oro ni plata, tampoco alforja ni dos túnicas ni sandalias. Y nos aseguras que el obrero merece un sustento, que vayamos a llevar amor, consuelo y, sobre todo, el don de la paz a cada uno de los que saludemos.
Bernabé recibió a manos llenas el caudal de gracia que se derramó como un torrente en Pentecostés, fruto del misterio pascual; se dejó transformar por esa gracia y supo transmitirla a los demás a lo largo de toda su vida. Haciendo honor a su apodo, llevó el consuelo del Evangelio a muchos.
Hoy nos exhortas a permanecer unidos a ti, nos invitas a asociarnos a la vida y misión de los Apóstoles, como él lo hizo, porque todo bautizado es depositario de la gracia, templo del Espíritu Santo, apóstol, misionero, enviado de Cristo y portador de su consuelo. Gracias, Señor, porque al igual que Bernabé somos enviados, llenos de esperanza de optimismo y de fe. Amén.
Muy feliz y vocacional jueves llenos de buenas obras y acciones.
Palabra del Papa
“A los que están heridos por divisiones históricas, les resulta difícil aceptar que los exhortemos al perdón y la reconciliación, ya que interpretan que ignoramos su dolor, o que pretendemos hacerles perder la memoria y los ideales. Pero si ven el testimonio de comunidades auténticamente fraternas y reconciliadas, eso es siempre una luz que atrae. Por ello me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”. Y también: “¡No nos cansemos de hacer el bien!”. Todos tenemos simpatías y antipatías, y quizás ahora mismo estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: “Señor yo estoy enojado con éste, con aquélla. Yo te pido por él y por ella”. Rezar por aquel con el que estamos irritados es un hermoso paso en el amor, y es un acto evangelizador. ¡Hagámoslo hoy! ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! (S.S. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 100-101).
