Bendecido día lleno de buenas esperanzas.
Señor, tú pides a cada uno de tus discípulos ser la sal y la luz del mundo. Condimenta nuestras vidas y nuestras palabras con la sal de tu Evangelio, de tal modo que todos los que se encuentren con nosotros saboreen qué bueno es vivir en tu amor y trabajar alegres y esperanzados por un cielo y una tierra nuevos donde reine la justicia, la amistad y la paz. Tú das sabor a nuestras vidas por medio del pan y el vino, pues nos empapan en su fidelidad y amor. No permitas que perdamos nuestro sabor, al contrario, dale más fuerza todavía para usarlo con el fin de preservar en la bondad nuestro humilde servicio y amor. Permite, Señor, que nuestra luz irradie calor a nuestros hermanos, pero ante todo que seas Tú la luz que nos ilumina y nos lleva por el camino de servicio, entrega y disponibilidad. Gracias, Señor.
Feliz, esperanzador y productivo martes y buen inicio de actividades.
Palabra del Papa
«Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo». Para comprender mejor estas imágenes, tengamos en cuenta que la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada oferta presentada a Dios, como un signo de alianza. La luz, entonces, para Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, el nuevo Israel, reciben, entonces, una misión para con todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda la humanidad. Todos los bautizados somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en un Evangelio vivo en el mundo: con una vida santa daremos «sabor» a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina. Pero si los cristianos perdemos sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la efectividad (Ángelus de S.S. Francisco, 9 de febrero de 2014).
