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8-jun.-2026, lunes de la 10.ª semana del T. O.

La palabra bienaventurados (felices) [...] nos recuerda la llamada del Señor a recorrer con Él un camino que [...] conduce a la verdadera felicidad.

Nuevo día, nuevo amanecer, todo bendecido en el amor de Dios. 

Señor, Desde el evangelio, concédenos sentirnos pobres con los hambrientos, andar a tientas con los ciegos, para que experimentemos el mensaje de tu palabra y lo compartamos como buena noticia con todos los que nos rodean. Que, a pesar de los problemas y dificultades, nuestros corazones estén alegres porque te tenemos a Ti. Que nuestra dicha sea sostenida por pensar en lo que somos más que en lo que tenemos. 

Permítenos y ayúdanos, Señor, a vivir en alegría y esperanza en cada momento de nuestras vidas para que se hagan realidad tus palabras en cada uno de nosotros. Que seamos dichosos a pesar del hambre que podamos tener, de la sed que seca nuestra boca, de la tristeza e incertidumbre que muchas veces nos dominan. Lo más importante será que todo cambiará porque seremos saciados en tu amor, consolados en tu esperanza y bendecidos con tu presencia. Gracias, Señor, por este nuevo día y sobre todo por la esperanza que nos infundes. Bendícenos, guárdanos y protégenos. Amén. 

Feliz y descansado lunes.

Palabra del Papa

La palabra bienaventurados (felices), aparece nueve veces en esta primera gran predicación de Jesús. Es como un estribillo que nos recuerda la llamada del Señor a recorrer con Él un camino que, a pesar de todas las dificultades, conduce a la verdadera felicidad. Queridos jóvenes, todas las personas de todos los tiempos y de cualquier edad buscan la felicidad. Dios ha puesto en el corazón del hombre y de la mujer un profundo anhelo de felicidad, de plenitud. ¿No notáis que vuestros corazones están inquietos y en continua búsqueda de un bien que pueda saciar su sed de infinito? […] Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad. Sólo Él puede satisfacer sus expectativas, muchas veces frustradas por las falsas promesas mundanas. Como dijo san Juan Pablo II: “Es Él la belleza que tanto les atrae; es Él quien les provoca con esa sed de radicalidad que no les permite dejarse llevar del conformismo; es Él quien les empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien les lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que les suscita el deseo de hacer de su vida algo grande” (S. S. Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2015).

En Jesús nada hay mandado. Todo su obrar consiste en hacer la voluntad del Padre, agradarle
ORACIÓN 

Señor, según el evangelista Mateo, un día te subiste a un monte para hablarnos de las Bienaventuranzas. Nos querías decir que, desde ahora, tú serás para nosotros el nuevo Moisés y la nueva ley. Por eso esta mañana quiero escuchar las bienaventuranzas como si yo estuviera presente en ese monte y las oyera por primera vez. Desde la cumbre de esa montaña quiero respirar el aire puro que llega perfumado con la fragancia del campo de Galilea con sus árboles en flor.  En este ambiente maravilloso quiero que me enseñes los auténticos caminos para la felicidad.

Amén.

Reflexión

Las bienaventuranzas son la mejor expresión de lo que Jesús llevaba dentro. Antes de ser expresadas, fueron vividas por Él. Y constituyen el ADN más profundo de Jesús.  San Mateo las sitúa en un monte para indicarnos que es Jesús el Nuevo Moisés, pero su doctrina supera los contenidos de los diez mandamientos. En Jesús nada hay mandado. Todo su obrar consiste en hacer la voluntad del Padre, agradarle, darle gusto, deleitarle. En el monte Sinaí había truenos, relámpagos, miedos…pero en el monte de las bienaventuranzas todo es paz, libertad, alegría, gozo de vivir. Y hasta la misma naturaleza sirve de marco. Dice Dolores Aleixandre: “Si las bienaventuranzas tomaran forma, figura y colores, reflejarían el azul tranquilo del lago, la verde sombra de los olivos y cipreses, el tono pardo del desierto de Judea y los mil matices de flores silvestres que crecen en sus colinas con las lluvias de primavera”.  Las Bienaventuranzas exhalan el perfume exquisito del jardín interior en el que vive el alma de Jesús en su relación de intimidad con el Padre. Las bienaventuranzas están destinadas a todos. “Viendo las muchedumbres” se sentó como Maestro. Pero sólo las pueden entender los que están cerca de Jesús. “Se acercaron sus discípulos” (v. 1). Sólo los que ya “han tocado” a Jesús, los que “han experimentado algo” de la vida de Jesús, pueden aceptarlas. Sólo los que han sido perdonados, pueden aprender a perdonar; sólo los que han sido amados por Jesús, pueden comprender la inmensidad del amor de Dios.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.