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19-abr.-2026, domingo de la 3.ª semana de Pascua

Llegamos a nuestro tercer domingo de este tiempo de Pascua, tiempo de vida, de alegría y de esperanza.

Llegamos a nuestro tercer domingo de este tiempo de Pascua, tiempo de vida, de alegría y de esperanza. Hoy amanecemos a un domingo lleno de tu amor y de tus hermosas palabras. Esto hará posible que abramos nuestro corazón y que arda gozosamente al saberte resucitado en medio de nosotros. Gracias por este nuevo día en el que compartiremos no solo tu palabra, sino tu mensaje de amor.

Reflexionemos en tu palabra y en los pensamientos de tus discípulos de Emaús: ¿no era ésta la sensación que llevaban dentro de sí los dos peregrinos, de vuelta a sus casas, desconsolados, frustrados y derrotados? ¿Dónde quedaban sus sueños y expectativas mesiánicas esperando participar de la gloria del reino? Tu muerte cortaba de raíz la perspectiva de futuro que se habían imaginado. Fue en el gesto de la partición del pan cuando se les abrieron los ojos y volvió a vibrar su corazón:  te reconocieron; habías vuelto a la vida. Pero muy pronto, la desbordante e incontrolable alegría del encuentro les venía a deparar otra inesperada sorpresa, esta vez teñida de no poca nostalgia: desapareciste de su vista. Estás vivo, era verdad, pero ya no eras reconocible a sus ojos de la carne; no podían verte ni tocarle como cuando conviviste con ellos. Eras tú mismo, pero de otra manera; transfigurado por la fuerza del Espíritu, en adelante sólo te podrían reconocer al igual que nosotros, por los ojos de la fe. Como los discípulos de Emaús, tendrán que recorrer el camino de vuelta afrontando los duros golpes de la vida, pero con la mirada puesta en el anhelado encuentro contigo Resucitado. Gracias, Señor, por hacer arder nuestros corazones en sentimientos de amor y de servicio a nuestros hermanos. Danos tu ayuda para que sigamos siendo testigos de tu resurrección. Amén. 

Un muy feliz y testimonial domingo de ternura en el que vuelves a manifestar en la fracción del pan que te hemos reconocido plenamente. 

PALABRA DEL PAPA 

Dice el Papa León XVI: “Como los discípulos de Emaús, también nosotros volvemos a nuestras casas con un corazón que arde de alegría. Una alegría sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina. Una alegría que nace de la certeza de que el Señor está vivo, que camina con nosotros y nos da en cada momento la posibilidad de recomenzar. Cuando por fin se sientan a la mesa con Él y parten el pan, se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo sabían (cf. Lc 24, 28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la espera de ser reavivado. (8-octubre-2025) 

ORACIÓN 

Señor, acompáñame en mis momentos de desánimo y tristeza, en aquellos momentos en donde mi esperanza está muerta. Con la fuerza de tu resurrección, haz resucitar todo aquello que ha muerto en mí. Concédeme la gracia, Señor, de poder reconocerte en el pan, y así anunciar la alegría de tu resurrección. Amén. 

REFLEXIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/domingo-3o-de-pascua-19-de-abril-de-2026 

¿Dónde podemos encontrarnos con el Resucitado?

San Lucas, en una espléndida catequesis, nos hace ver la situación de una comunidad que no se ha encontrado vitalmente con Jesucristo y otra que ha experimentado la fuerza y el poder del Señor resucitado. Y nos habla de cuatro presencias del Resucitado: 

1.– En el diálogo.  Aquellos discípulos iban caminando y, como dice el texto original, «iban buscando juntos».  Si de corazón busco la verdad y no “mi verdad”, si acepto que la Verdad Absoluta sólo la tiene Dios y nosotros estamos sembrados de verdades, si estamos dispuestos a aceptar la verdad del otro hasta el punto de decir: estaba equivocado; si acepto democráticamente la opinión de la mayoría, en ese diálogo sincero está presente el Señor.

2.– En la Palabra de Dios.  Aquellos discípulos huían de Jerusalén, porque Jerusalén sólo ofrecía muerte. La muerte de Jesús les hundió y caminaban desesperanzados. Todavía recitaban un credo “frío y vacío:” «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel».

 Esperábamos, pero ya no esperamos nada. Esta puede ser la situación de tantos cristianos de nuestros días, que todavía van a Misa, recitan un credo de memoria, pero no hay vibración religiosa, ni entusiasmo, ni alegría. Acaso cierta nostalgia del pasado. Jesús les recrimina: «¡Qué poco entendéis y cuánto os cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Cristo padeciera para entrar en su gloria?». Y comienza a explicarles la Escritura desde la perspectiva de Pascua. Al final, dirán: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Sin la presencia del Resucitado y la llegada del Espíritu no podemos entender la Palabra de Dios ni arder y entusiasmarnos con ella.

3.– En la “fracción del pan”. Si acudimos a la Eucaristía, no es a recitar de rutina credos ya sabidos, sino a hacer presente el gesto de Jesús de “partir el pan”. El pan que parte Jesús el día de Jueves Santo nos habla del Cuerpo destrozado de Jesús en la Cruz el día de Viernes Santo. El jueves y el viernes van unidos y no se pueden separar. Este gesto no sólo nos lleva a recordar lo que hizo Jesús sino a “actualizar” y hacer presente en nosotros el compromiso de dar nuestra vida en favor de los demás. Si esto lo hacemos, ciertamente Jesús se hace presente en nuestro caminar.  

 4.-En la Comunidad. Aquellos apóstoles habían salido de la Comunidad de Jerusalén. Ya no les decía nada. Con la muerte de Cristo viene la dispersión del grupo y los discípulos de Emaús van huyendo del grupo porque allí sólo se habla de muerte y de fracasos. ¡Qué distinto el camino de ida y el de vuelta!

El camino de ida de Jerusalén a Emaús se hace largo, pesado. El camino de vuelta, cuando ya se han encontrado con Jesús resucitado, teniendo los mismos kilómetros, se hace corto, van corriendo, deseando de llevar la buena noticia a sus hermanos de Comunidad.

Lo mismo nos puede pasar ahora. Todos tenemos que hacer un camino mientras vivimos en este mundo. Sin la fe en Cristo Resucitado es camino largo, penoso, triste. Pero si somos capaces de desandar el camino de desesperación y decepción, por una experiencia de encuentro gozoso con el Señor, es claro que nuestro paso por el mundo es gozoso, feliz, apostólico, misionero.  ¿A quién no le gusta dar una buena noticia? ¿Quién es capaz de retenerla en el corazón?

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.