«El agua fluye desde el Templo y convierte a la tierra en un fértil paraíso, llevando salud y vida», dice Ezequiel; «Pero este Templo vivo es Cristo», dice Juan. Encontrarnos contigo significa conseguir perdón, salud y vida.
Hoy en tu palabra nos regalas una orden que nos comunica tres actos de vida: «levántate; toma tu camilla y echa a andar». Qué hermosa expresión, Señor, cuando con esa orden tuya llenas nuestros corazones de esperanza y nos liberas de las parálisis que nos dominan: parálisis de desesperanza, de falta de fe, de egoísmo, de mentira y de engaño. Hoy llenas nuestros corazones de fortaleza y nos dices: ‘levántate porque no quiero que estés más en el suelo; levántate porque quiero que mires un horizonte de amor, de fe, de esperanza y caridad. Toma tu camilla, esa que te ha tenido postrado durante tanto tiempo. Toma tu camilla y recobra la vida, recobra tu libertad, recobra tu amor y echa a andar’. Poder andar significa salir de esa situación que nos ata. Hoy, Señor, nos has dado nuevas motivaciones para vivir, para amar y para servir. No importan las circunstancias a veces adversas cuando contamos contigo, como este paralítico al que tú lograste devolverle la vida y tú le dices «no peques más». Permite que nuestra vida sea una vida de positivismo, de amor y de servicio; una vida llena de ilusiones para amarla, amarte a Ti y amar a nuestros hermanos. Bendícenos, guárdanos y protégenos hoy y siempre. Amén.
Un muy feliz y positivo martes lleno de bendiciones. Abrazos en la distancia.
Palabra del Papa
Sobre la Iglesia que el Papa sueña: Veo con claridad que la Iglesia hoy necesita con mayor urgencia la capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental. Yo sueño con una Iglesia madre y pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes. Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad (Entrevista a S.S. Francisco, 19 de septiembre de 2013).
ORACIÓN
Señor, me impresiona la paciencia y la tenacidad de ese hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo y no había perdido la esperanza. Treinta y ocho años esperando a un hombre que le bajara a la piscina. Me da vergüenza decir que yo llevo más de esos años con el alma enferma y no he sentido necesidad de buscar en ti, al hombre que necesito. Pero hoy quiero cambiar. Quiero que seas Tú ese hombre que me diga: ¡Levántate, y anda!
Reflexión Lectio Divina: 17 de marzo de 2026
Se cuenta que el cínico Diógenes —que vivió en el s. V antes de Cristo— salió a las doce del día por las calles de Atenas con un candil en la mano, diciendo: “Busco un hombre”. Hombres había muchos, pero “un hombre bueno y honesto” no lo encontró. El paralítico de la piscina se pasó treinta y ocho años buscando un hombre que lo metiera en la piscina. Por fin tuvo un encuentro no con "un hombre", sino con ¡El hombre!, el hombre cabal, el hombre perfecto, el canon y modelo de hombre: ¡Jesús!, que se acercó a él y le dijo: ¿quieres curarte? En aquellas circunstancias, la pregunta es obvia. Lleva ya enfermo 38 años. No tiene un hombre que le meta en la piscina. Lo lógico es que ya hubiera perdido todas las esperanzas. Con esta pregunta Jesús pretende movilizar no sólo su cuerpo sino también el alma. También a nosotros, con el tiempo, se nos paraliza el alma: no pensamos, no crecemos, no evolucionamos, no estamos dispuestos a cambiar.
«Levántate, toma tu camilla y camina». Ese hombre, tendido en el suelo, enfermo, limitado, frágil y necesitado, eres tú y soy yo. Y ese otro Hombre que pasa a tu lado y se te acerca, te levanta y te hace caminar es Jesús. Qué distinto el comportamiento de los judíos y el de Jesús. Los judíos tenían que celebrar el sábado, era fiesta para ellos. Y uno se pregunta: Estando rodeados de gente enferma, que lo está pasando mal, ¿todavía tienen ganas de fiesta? Para Jesús, la fiesta es precisamente eso: sanar las dolencias, curar las enfermedades, ayudar al que lo necesita, hacer el bien a todos. Esa debería ser nuestra fiesta de domingo.

