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10-mar.-2026, martes de la 3.ª semana de Cuaresma

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Nuestra fe debe traducirse en obras concretas de misericordia y de perdón.

Darte gracias por el camino que iniciamos en este día significa llenar nuestros corazones de sentimientos de optimismo y de esperanza. Nos levantamos en tu Nombre con la esperanza de que nos regalarás tu presencia, tu amor y tu perdón para que nuestras palabras y acciones sean inspiradas en tu bondad. 

Que generosamente podamos servir y amar como Tú lo haces con nosotros. Te pedimos de manera especial que seamos capaces de perdonar como nos has perdonado; que tengamos la suficiente paciencia para sobrellevar a nuestros hermanos y tener tus mismos sentimientos misericordiosos y reconciliadores y tengamos tu virtud de perdón. 

Con cuánta frecuencia te fallamos al perdonar; quizás lo hacemos sólo por un acto de condescendencia, como si hiciéramos un gesto de gran favor a los que buscan reconciliarse con nosotros. Señor, enséñanos a perdonar con la misma amplitud y de la misma manera que tú nos perdonas: totalmente, sin condiciones, desde la bondad de nuestros corazones. Danos esta grandeza de corazón y guíanos por los caminos que nos quieras señalar. Bendícenos abundantemente. Amén. 

Un muy feliz y esperanzador y productivo martes de actividades. 

PALABRA DEL PAPA

¡El perdón! Cristo nos ha enseñado a perdonar. Muchas veces y de varios modos Él ha hablado de perdón. Cuando Pedro le preguntó cuántas veces habría de perdonar a su prójimo, «¿hasta siete veces?», Jesús contestó que debía perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 21 s.). En la práctica, esto quiere decir siempre: efectivamente, el número “setenta” por “siete” es simbólico y significa, más que una cantidad determinada, una cantidad incalculable, infinita. Al responder a la pregunta sobre cómo es necesario orar, Cristo pronunció aquellas magníficas palabras dirigidas al Padre: «Padre nuestro que estás en los cielos»; y entre las peticiones que componen esta oración, la última habla del perdón: «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros las perdonamos» a quienes son culpables con relación a nosotros (“a nuestros deudores”). Finalmente, Cristo mismo confirmó la verdad de estas palabras en la cruz, cuando, dirigiéndose al Padre, suplicó: “¡Perdónalos!”, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 32, 34). (San Juan Pablo II - Audiencia general, 21 de octubre de 1981)

Nuestra fe debe traducirse en obras concretas de misericordia y de perdón. Recordemos que al final seremos juzgados en cuánto amor dimos a los demás.

ORACIÓN 

Señor, hoy vengo a ti para que me ayudes a perdonar como Tú quieres que yo perdone. No quiero, como Pedro, poner límites al perdón. Quiero perdonar como Tú me perdonas: siempre, del todo, sin condiciones. Por el perdón que Tú me das, descubro el amor que Tú me tienes. Ojalá que aquellos a quienes amo sepan descubrir el amor a través de mi perdón generoso e incondicional. Amén. 

REFLEXIÓN (P.  RAÚL ROMERO LÓPEZ 17 de marzo de 2020)

El capítulo 18 de San Mateo es llamado “discurso eclesial” es decir, elementos necesarios para que una comunidad o grupo cristiano pueda funcionar. Y nos dice: hay que ser como niños, hay que atender a los pequeñitos, hay que practicar la corrección fraterna. Y, al final, como lo más importante, hay que perdonar de corazón. Se consideraba buen judío aquel que estaba dispuesto a perdonar hasta cuatro veces. Cuando san Pedro propone hasta siete (número perfecto) esperaba de Jesús un elogio a su gran generosidad. Pero Jesús no le dice «hasta siete veces» sino «hasta setenta veces siete».  Es como decir: ¿Me pides una medida para el perdón? Te lo voy a decir: “Hay que perdonar sin medida”. Y pone a continuación una explicación con una hermosa parábola. «Un señor debía diez mil talentos…» Es una enorme exageración (el talento era una medida de la antigüedad que consistía en llenar un platillo de una balanza con monedas de oro fino). A pesar de todo, la deuda le fue perdonada. Y ése, a quien se le perdonó esa inmensa deuda, no quiso perdonar a quien le debía sólo unos denarios (unos pocos euros). Está claro que ese señor que nos ha perdonado a todos una inmensa deuda ha sido Dios. Si Dios es así, que nos perdona todo y nos perdona siempre, ¿cómo no me ruborizo ni se me cae la cara de vergüenza al ser yo incapaz de perdonar una pequeña deuda a mis hermanos?

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.