En este último día laboral de la semana podemos encontrar grandes satisfacciones y bendiciones que nos has regalado, Señor. Hemos compartido tu Resurrección y hemos anunciado tu nombre. Hemos realizado nuestras labores pensando en todo momento que han sido bendecidas en tu bondad.
Señor, con tu resurrección nos has transmitido un mensaje de esperanza que no defrauda; eres la persona única e insuperable por quien vale la pena vivir. Libra nuestra fe de las rutinas diarias y llénanos con tu Espíritu de fortaleza, para que aprendamos a vivir con firmeza en las inseguridades de nuestro diario vivir.
Ayúdanos a reflexionar en nuestros corazones lo que fue tu nueva aparición a tus discípulos. Este reducido grupo de discípulos, sin tu presencia en la barca, experimenta el total fracaso de la “pesca” —no pescaron nada—; ellos andan a tientas en la noche, seguramente haciendo conciencia de que no son capaces de triunfar por sí solos. Al clarear el día, tú intervienes con el don de tu Palabra: «Echad la red a la derecha de la barca y pescaréis». Recordamos que hiciste lo mismo con Pedro tiempo atrás y él, en aquella ocasión, te respondió: «en tu nombre echaré las redes». Los discípulos se fiaron de ti y la obediencia a tu Palabra produjo una pesca abundante que les permitió reconocerte una vez más y experimentar contigo la novedad de su vida de fe. Pedro, que por su palabra logra dar testimonio de tu Resurrección, debió recordar tus palabras: «te haré pescador de hombres».
Que hoy seamos pescadores de ilusiones y esperanzas, pescadores de fe y alegría; que podamos compartir contigo y con nuestros hermanos tu fraternidad, tu solidaridad y —ante todo— tu Resurrección. Amén.
Un muy fructífero viernes de pesca abundante y de grandes satisfacciones.
Palabra del Papa
Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que san Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia. […] El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor». ¡Adorarlo! (Homilía de S.S. Francisco, 14 de abril de 2013).
ORACIÓN
Te damos gracias porque, al igual que a tus discípulos junto al Mar de Tiberíades, no nos dejas solos en nuestra rutina diaria. Reconocemos las noches en las que nos esforzamos y no logramos nada, sintiendo el peso del trabajo sin fruto.
Señor Jesús, te pedimos que hoy te manifiestes en nuestra orilla. Ayúdanos a reconocer tu presencia, incluso cuando estamos cansados o desanimados. Que tu voz, al decirnos 'echad la red a la derecha', nos guíe hacia tu abundancia y tu plan perfecto.
Abre nuestros ojos, como al discípulo amado, para que podamos verte claramente. Y danos el fervor de Pedro para saltar y correr hacia ti, dejando atrás lo que nos detiene, para llegar a tu encuentro.
Gracias porque has preparado un lugar para nosotros, un fuego con pan y pescado, simbolizando tu cuidado y tu mesa. Ayúdanos a sentarnos a comer contigo, a renovar nuestras fuerzas en tu presencia y a recibir el alimento que solo tú puedes dar. Amén.
Reflexión (cf. https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-10-de-abril-de-2026)
En este bello relato, escrito tan al vivo que al leerlo da la impresión de que la tinta está todavía sin secarse, el Evangelista Juan, testigo de los hechos, nos presenta una aparición distinta. Aquí no se trata de encontrarse con Jesús en situaciones límite o extraordinarias, como puede ser la de la Magdalena llorando la muerte o Emaús con discípulos de vuelta de todo o en el Cenáculo con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Aquí todo es fácil, sencillo, normal. Dice Pedro: “Voy a pescar”. Es lo normal en un pescador de oficio. Lo mismo que cada mañana el labrador dice: voy a sembrar; la ama de casa: voy a comprar; y el hombre de negocios: voy a la oficina. Lo importante en esta aparición es que el Resucitado se hace presente en la vida ordinaria, en la sencillez de lo cotidiano. ¿Y qué sucedió? Pues que aquel almuerzo después de pescar —que hubiera sido normal, ordinario, rutinario— se convirtió con Jesús en una auténtica fiesta. ¡Qué almuerzo tan sabroso! Y este es el mensaje: con Jesús Resucitado la vida tiene otro color y otro sabor. No hay que esperar al viernes por la tarde para pasarlo bien. Con Jesús todos los días son bonitos, aunque sean lunes o viernes. Jesús es la alegría de la vida.
