Alegría y gozo por esta hermosa mañana llena fe y optimismo y un día más que nos permite El Señor contemplar las maravillas de su amor. Que hoy sea una jornada de servicio, amor y entrega para proclamar tu resurrección y, sobre todo, para guardarnos firmes en las tormentas de la vida y para vivir con la alegría propia de personas redimidas, ya que tus estás vivo y nosotros también lo estamos gracias a ti. Permítenos ser anunciadores valientes de la Buena Nueva, obedientes a ti, único Dios verdadero y bondadoso, para que nuestro testimonio sea creíble y desde el corazón.
Que en este sábado nuestros caminos sean de felicidad y alegría llenos de esperanza y buenos deseos. Feliz y santo fin de semana.
Palabra del Papa
Y los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio (cf. Mc 3,14), y así se ven colmados de alegría. ¿Por qué no entramos también nosotros en este torrente de alegría? «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de aprovechar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización.
[…] En muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. […] Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones. (S.S. Francisco, Mensaje para la 88.ª Jornada Mundial de las Misiones, 14 de junio de 2014).
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-11-de-abril-de-2026
Todos los estudiosos del evangelio están de acuerdo en aceptar que el Evangelio de Marcos termina en Mc. 18,8. Todo lo que viene detrás, incluidos los versículos de hoy Mc. 16,9-15 es un añadido posterior. De hecho, son resúmenes de otras apariciones: la de la Magdalena, la de los discípulos de Emaús, y la de los Once.
Lo que llama la atención es que las tres apariciones coinciden en que los demás discípulos NO CREYERON. ¿Por qué? Normalmente nos creemos antes las malas noticias que las buenas. Parece que en nuestro mundo “nos hemos acostumbrado a los palos”, a recibir malas noticias o las esperamos. Por otra parte, no se trataba de creer que un muerto había vuelto a la vida, como en el caso de Lázaro a quien podían ver, ni de la inmortalidad ni de la prolongación de esta vida nuestra en la otra. Se trataba de la Resurrección, de la entrada definitiva de Jesús en el mundo de Dios para no volver ya ni a sufrir, ni a morir. Se trataba de la entrada de Jesús en la plenitud: la plenitud de la vida, la plenitud de la verdad, la plenitud del amor, la plenitud de la felicidad. A esa vida plena en Dios nos llama Jesús a todos en la Resurrección. Es verdad que no la merecemos, pero no es cuestión de méritos sino de “gracia”, de don, de regalo. Y esta plenitud ya tiene que comenzar en este mundo. Cristo Resucitado quiere que ya en esta vida “pregustemos” las alegrías de la futura felicidad. Cuando estos discípulos pasaron del no-creer al creer, se quedan “asombrados”.
