Pasar al contenido principal

Vida común, mesa común y comunión de bienes.

Relaciones entre los clérigos1

 

280 | A los clérigos se les recomienda encarecidamente cierta forma de vida común, la cual, donde existe, debe conservarse en la medida de lo posible.

 

El canon recomienda fuertemente (valde commendatur) alguna forma de vida común, la cual, donde exista, debe mantenerse en la medida de lo posible. El valor que se da a la vida común de los clérigos se traduce en la exhortación de que, donde exista, se mantenga; por lo tanto, no sólo es deber de los clérigos, sino también del obispo procurar que esto se realice […] Muchos concilios particulares y muchos romanos pontífices en la Edad Media recomendaron la vida común entre los clérigos, unida frecuentemente a la comunión de bienes y a la renuncia a los bienes personales. San Eusebio, obispo de Vercelli (siglo IV), instituyó la vida común entre los clérigos en su casa contigua a la catedral, donde también se preparaban los aspirantes al sacerdocio. Esta forma de vida, como testimonia San Ambrosio, producía frutos en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la observancia del celibato y en la serenidad del espíritu.

 

Unidad Sacerdotal

 

Entre los sacerdotes formados en la vida común por San Eusebio, algunos fueron nombrados obispos de diócesis del norte de Italia, donde continuaron la misma experiencia de vida común. San Agustín (siglos IV-V), inspirándose en los Hechos de los Apóstoles, instauró en Hipona la vida común y la comunión de bienes entre los clérigos de la diócesis, constituyendo junto a la casa episcopal un “monasterio de clérigos”. De este modo unió vida común y ordenación: quien era ordenado debía vivir la vida común y compartir los bienes como camino de santidad, según una regla dada por él. Si posteriormente alguien ya no hubiera querido vivir de ese modo, debía encontrar otro obispo que lo aceptara. En esta forma de vida, la vida común y el servicio sacerdotal formaban una sola realidad. En la vida común también se formaban los aspirantes al sacerdocio, de manera seria y prolongada. El surgimiento de las parroquias rurales en los siglos V-VI en el norte de Italia y en Galia favoreció aún más la vida común entre los clérigos que residían allí.

 

En Galia, la vida común de los clérigos se difundió a partir del siglo VIII, por influencia de la regla de los canónigos (regula canonicorum) dada por San Crodegango, obispo de Metz. Esta regla, sin embargo, no exigía la renuncia a la propiedad privada.

 

Posteriormente fue adoptada sustancialmente primero por el Concilio de Ver (año 755), luego por el Concilio de Aquisgrán (año 817) y por varios otros sínodos y concilios durante la formación de la institución de los canónigos (institutio canonicorum) y de otros varios sínodos y concilios durante los siglos IX y X. Esta fue asumida también por los Sínodos romanos de 826 y de 853. La vida común de los clérigos, no sólo compartiendo la casa y la mesa con el obispo, desde el siglo VIII era ya casi universalmente aceptada; se practicaba también en las parroquias.

 

El Decreto de Graciano, recogiendo diversas intervenciones de los papas (Alejandro II, Eugenio II, León IX, Urbano [sic!]), insiste en la vida común de los clérigos bajo un mismo techo y compartiendo la mesa, como algo ventajoso para la observancia del celibato y para la disciplina eclesiástica en general (incluso como una especie de clausura), así como para la comunión de bienes. Sin embargo, con la distinción de los beneficios y de las prebendas eclesiásticas, primero se abandonó la cohabitación, y luego también la mesa común, de modo que este tipo de vida se volvió obsoleto en la mayor parte de los lugares, a pesar de los esfuerzos reformadores que siguieron al Sínodo Lateranense de 1059, de Gregorio VII y de sus inmediatos sucesores. El canon 134 del Código de Derecho Canónico de 1917 fue la primera ley universal que alababa y fomentaba alguna forma de vida común para todos los clérigos.

 

Unidad Sacerdotes VETSJ

 

Pío XII apoyó particularmente la vida en común del clero diocesano, especialmente entre los clérigos de una misma parroquia o de parroquias cercanas, como ayuda para la introducción gradual de los jóvenes sacerdotes en la pastoral, para alimentar el espíritu de piedad y caridad, para la custodia de la castidad, y para el desapego de los propios intereses y de la familia.

 

El decreto conciliar Presbyterorum ordinis 8c, fundando esta práctica en la fraternidad sacerdotal constituida por el sacramento del orden y en la participación en la misma misión, alienta alguna forma de vida común o de comunión de vida entre los presbíteros, para que encuentren ayuda espiritual, intelectual y también material, y puedan más eficazmente cooperar en el ministerio y evitar los peligros que pueden surgir de la soledad.

 

Generalmente, por vida común se entiende vivir bajo el mismo techo y participar en la misma mesa; sin embargo, en Presbyterorum ordinis 8c se afirma expresamente que esta puede asumir diversas formas, incluso no institucionales, según las distintas necesidades personales o pastorales, como por ejemplo: la cohabitación, cuando sea posible, la mesa común, o al menos reuniones frecuentes y periódicas. El canon 280 permanece genérico en su formulación («quaedam vitae communis consuetudo»), precisamente porque quiere respetar las diversas circunstancias de tiempo y lugar. 

 

La encíclica Sacerdotalis caelibatus 79 y 80 pone la vida en común en relación con el crecimiento, la custodia y la defensa de la castidad celibataria; una vida común que puede expresarse también en el intercambio de experiencias de fe y de consejos. En cambio, Pastores dabo vobis 81 la sitúa dentro de la formación permanente del presbítero y en relación con el compromiso pastoral y con el testimonio de caridad y de unidad.

 

El documento Le giovani Chiese 26 fundamenta la vida común de los clérigos en la realidad de un único presbiterio y la considera como expresión de fraternidad, que favorece el trabajo apostólico en grupo y la evangelización, la cual no puede realizarse de manera aislada. Se dice— los obispos deben encontrar modos para superar las dificultades organizativas y, a veces, también las resistencias psicológicas, para instaurar la vida común entre los clérigos, los cuales deben ser sensibilizados y preparados desde el seminario.

 

Dado que la vida común implica también la oración juntos, la programación común de la actividad pastoral, la ayuda en la actualización cultural, el apoyo mutuo en las dificultades vocacionales que puedan surgir, una cierta comunión de bienes, etc. Se recomienda que haya un responsable de la comunidad, incluso distinto del párroco, una clara distribución de tareas y una organización económica funcional. En todo caso, para los sacerdotes que se encuentran solos en las parroquias deben organizarse encuentros periódicos de convivencia fraterna para que no se sientan abandonados.

 

Compartir Sacerdotal

 

En el canon no hay un precepto, sino una recomendación; por tanto, el obispo no puede imponer la vida común; sin embargo, según Apostolorum successores 79, debe favorecerla en la medida de lo posible. Se trata, no obstante, de una vida común que no debe confundirse con la vida fraterna en común propia de los religiosos o de los miembros de las sociedades de vida apostólica, ya que de ella no surge ningún vínculo jurídico y, por sí misma, no implica la puesta en común de los bienes. El canon se aplica de modo particular a los párrocos y a los vicarios parroquiales. El can. 550 §2 prevé que el obispo debe procurar que entre el párroco y los vicarios se realice cierta vida común en la casa parroquial, lo cual ciertamente favorecería una conducción más participativa de la actividad pastoral. Si en una parroquia vive un solo sacerdote, sería conveniente establecer alguna forma de vida común con los sacerdotes de las parroquias vecinas.

 

Allí donde la vida común asume la forma de convivencia y de mesa común, puede preverse también una participación equitativa no solo en los gastos por parte de cada uno según sus posibilidades económicas, sino también en la administración de dichos gastos. De este modo, la vida común se convierte en una forma concreta de vivir el consejo de la pobreza por parte de los ministros sagrados. En efecto, la vida común puede eliminar desigualdades económicas y favorecer la solidaridad y un cierto grado de austeridad.

 

Aplicación:

  1. Ya vivimos de alguna manera la vida común y el compartir la mesa en espacios como la reunión del consejo vicarial o los encuentros de arciprestazgo, donde además del trabajo pastoral podemos encontrarnos fraternalmente. Sin embargo, también podríamos fomentar iniciativas más espontáneas, fuera de los espacios institucionales: reunirnos para celebrar un cumpleaños, un aniversario de ordenación, o simplemente abrir la mesa de la casa cural para un almuerzo sencillo entre hermanos. Sería especialmente valioso invitar a compartir la mesa a aquellos sacerdotes con quienes menos hemos compartido o fraternizado de la vicaría, para fortalecer los lazos del presbiterio y hacer más concreta nuestra comunión.


  2. Los invitamos a apoyar con generosidad la Colecta Vicarial, un gesto concreto de comunión y solidaridad entre nuestras parroquias. Gracias a esta colecta es posible ayudar a las comunidades de nuestra Vicaría que tienen mayores necesidades, fortaleciendo así la misión pastoral que compartimos. Cada aporte se convierte en una expresión de fraternidad y corresponsabilidad, permitiendo que juntos sigamos construyendo una Iglesia más cercana, solidaria y comprometida con el bien de todos.


  3. En la Misa Crismal, donde renovamos nuestras promesas sacerdotales y manifestamos la unidad del presbiterio, queremos también hacer visible la caridad fraterna que nos une. Por eso, los invitamos con generosidad a aportar a la colecta destinada a nuestros hermanos sacerdotes eméritos, enfermos o que atraviesan momentos de necesidad. Con nuestro aporte podremos expresar de manera concreta el cuidado y la gratitud hacia quienes han entregado su vida al servicio del Evangelio. 


  4. Invitamos fraternalmente a los presbíteros que ejercemos el ministerio en la Vicaría de San José a proponer iniciativas concretas que nos ayuden a fortalecer la fraternidad sacerdotal mediante espacios de vida y mesa común, así como también a promover gestos de comunión de bienes y solidaridad entre nosotros. En el marco del trienio de la fe, sugerimos realizar la Lectio divina o laudes compartidas, en algunas fiestas importantes, como la del Cura de Ars. Más allá de los encuentros institucionales que ya tenemos, sería valioso que surjan propuestas adicionales sencillas y espontáneas que favorezcan el compartir fraterno y el acompañamiento mutuo en la vida y el ministerio.


  5. Profundizar en la espiritualidad sinodal a través de la formación y el cuidado integral. Inspirados por el llamado a caminar juntos, queremos aprovechar las diversas iniciativas de nuestra Vicaría y de la Arquidiócesis (como retiros breves, jornadas de actualización y encuentros formativos) para fortalecer no solo nuestro ministerio, sino también nuestra humanidad. Estos espacios deben ser vistos como oportunidades valiosas para cuidar nuestra salud mental, renovar nuestro fervor espiritual y enriquecer nuestra vida social, permitiéndonos enfrentar los desafíos actuales con mayor serenidad y compañía. Los invitamos a participar activamente en estas convocatorias, entendiendo que el tiempo dedicado al descanso compartido, a la reflexión teológica y al apoyo psicológico mutuo es, en sí mismo, un ejercicio de caridad fraterna que nos ayuda a servir mejor al Pueblo de Dios.


    1 El texto que se comparte es una traducción del italiano, realizada para uso pastoral, tomado de: G. Ghirlanda, Il sacramento dell’ordine e la vita dei chierici (Cann. 1008-1054; 232-297), Roma: GBP, p.p. 462-467.