
“… cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos:
oro, incienso y mirra ...” ( Mateo 2, 1-22 )
El gran misterio de la Navidad sigue ampliándose en la fiesta que celebramos hoy: Solemnidad de la Epifanía. Aquí se celebra otro aspecto de la venida de Dios a nuestro mundo: la manifestación de Dios en la carne humana. Dios Eterno, Santa Trinidad, se ha hecho patente en un niño pequeño y tierno, comprensible, visible, palpable.
Esta fiesta también la llamamos: “los tres reyes magos”. Y aunque este cariñoso nombre sea muy poco teológico y poco histórico, pues los “magos” de oriente junto al pesebre no son objeto de la fiesta, ni eran “reyes”, sin embargo la fiesta de los “los tres reyes magos” nos remite, con mucho sentido, a un aspecto muy importante del misterio de este día: los hombres, desde lejanas tierras a través de todas las peripecias del largo viaje, peregrinos errantes, buscaban al niño que era su Salvador. Por tanto, este día es la fiesta del viaje feliz del hombre (varón y mujer) que busca a Dios en la peregrinación de su vida, del hombre que encuentra a Dios porque Él le buscaba.
En la historia del viaje de “los tres reyes magos” vemos una imagen de nuestra vida: Los magos se han puesto de camino. Sus pasos se dirigen a Belén, pero su corazón peregrinaba hacia Dios. Ellos le buscaban; pero mientras ellos le buscaban, Él ya los dirigía. Y al llegar finalmente y arrodillarse, hacen solamente lo que realmente siempre hicieron, lo que ya al buscar y al viajar hicieron: llevan a la presencia del Dios invisible el oro de su amor, el incienso de su anhelo y la mirra de sus dolores… y así como llegaron, desaparecen de nuevo del horizonte de la historia sagrada…
¡Sigamos también nosotros el arriesgado camino del corazón hacia Dios! ¡Camina! Ya tienes el oro del amor, el incienso del deseo y la mirra del dolor. Él los aceptará. Nosotros le encontraremos. Él también nos está buscando...

