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Domingo 31º del Tiempo Ordinario Domingo 31 de octubre de 2021

 

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"… amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente,

con todo tu ser ... amarás a tu prójimo como a ti mismo". (Marcos 12, 28–34).

 

Se dice hoy día que el hombre posmoderno ha perdido la confianza en el amor. No quiere “sentimentalismos”. Entonces, se dice que hay que ser eficaces y productivos. La cultura posmoderna ha optado por el liberalismo económico, la racionalidad económica y el rendimiento material... y tiene miedo al corazón, al sentimiento, a lo emocional.

Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o ancianas. Se las encierra en las instituciones o se les encomienda a hogares geriátricos, pero nadie las quiere cerca.

El rico tiene miedo del pobre. Los que tienen trabajo no desean encontrarse con quienes están desempleados. Nos molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o incluso, por amor de Dios.

Se levantan entre nosotros toda clase de muros. No queremos cerca a los indigentes e inmigrantes. Miramos con recelo a los venezolanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierran en sí mismo para defenderse mejor.

Queremos construir una sociedad basándolo todo en el progreso y la rentabilidad, en el crecimiento económico. Naturalmente, en esta filosofía de vida ya no tiene cabida “el amor al prójimo”. Los mismos que se dicen creyentes y católicos, tal vez, hablan todavía de caridad cristiana, pero terminan más de una vez instalándose en un egoísmo vividor, en su propia egolatría... pero que saben comportarse decentemente, como “gente de bien”, para quedar divinamente con todos.

Después de veinte siglos, el riesgo de los católicos es pensar que basta con cumplir aquello que siempre se ha predicado: no hacer mal a nadie, colaborar en las colectas que se hacen en el templo y dar alguna limosna, si no encuentren nada mejor para salir del paso y tranquilizar la conciencia.

Y, sin embargo, la gran tarea de los discípulos de Jesús es introducir el amor real y verdadero, el amor absoluto e incondicional, en esta cultura que sólo genera egoísmo sensato y bien organizado. Producir grietas y aberturas, abrir puertas, que permitan vislumbrar el gran vacío de una sociedad que ha excluido el amor mandado por Jesús. Gritar una y otra vez que sin amor nunca, nunca, se construirá un mundo mejor.

Amar significa hoy afirmar los derechos de los que no tienen nada antes que nuestro propio provecho. Significa renunciar a pequeñas e interesadas ventajas para contribuir a un bienestar social de los pobres. Significa arriesgar nuestra economía para solidarizarnos con causas que favorecen a los menos privilegiados. Significa dar con generosidad parte de nuestro tiempo libre al servicio de los más olvidados. Significa defender y promover la no-violencia como el camino más humano para resolver los conflictos y desigualdades.

Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada e incondicional. Por eso es bueno que sigamos escuchando hoy las palabras de Jesús: "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser ... amarás a tu prójimo como a ti mismo".

Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez