
"… Jesús, ten compasión de mí (...) Maestro, que recobre la vista". (Marcos 10, 46–52).
No todo el mundo cree de la misma forma. Hay muchas maneras de plantearse la cuestión de la fe. Por eso, tal vez, lo primero es tratar de saber dónde está cada uno.
- "No sé si creo o no. Yo tuve una infancia religiosa. Iba a misa, me confesaba... Pero he cambiado tanto por dentro”. Es una sensación bastante corriente hoy. Pero, ¿no habrá algún medio para hacer un poco más de claridad? ¿No será importante saber en qué cree uno ahora que es persona adulta?
- "Yo supongo que creo, pero hace tiempo que no me preocupo de eso. Además, cada vez que pienso en serio en cosas de religión, me entran más dudas”. Pero, ¿se trata de ”pensar en cosas de religión” o de dar un sentido último y esperanzado a la vida? ¿No será posible confiar en Dios, aunque uno no acierte a integrar determinados aspectos de una doctrina religiosa?
- "En el fondo yo me siento creyente. Pero, a veces, mis hijos me hacen preguntas sobre la otra vida o sobre la creación, y la verdad es que no sé cómo responderles”. Es cierto que los niños plantean, con frecuencia, las cuestiones más fundamentales de la existencia. Lo extraño no es que no sepamos responderles, sino que los adultos ya no nos hagamos esas mismas preguntas. Pero, ¿es bueno vivir sin preguntarse?
- "Yo hace mucho que he abandonado la fe. Tampoco sé si he hecho bien. No me siento ni mejor ni peor. Mi vida apenas ha cambiado”. Es una experiencia fácil de explicar. Cuando la fe no ocupa un lugar vital, su abandono no crea ningún vacío especial.
- "A mí todo lo que huele a religión me irrita. Me parece falso e hipócrita. ¿Por qué hay que hacer cosas tan raras como ir a misa o rezar el rosario?”. Sin duda, lo primero es vivir en verdad y ser sincero con uno mismo. Pero, precisamente por eso, ¿no es demasiado simple reducir la cuestión de la fe a una práctica hipócrita de cosas raras?
En casi todos estos planteamientos hay algo en común. Se habla de fe o de religión, pero como ”desde fuera”. Falta ahí una experiencia viva de Dios. Y lo cierto es que no pocos están abandonando hoy la fe, sin haberla experimentado como fuente de vida, como fuente de sentido y como fuente de alegría.
En el relato de hoy, el del ciego de Jericó, el evangelista Marcos pone en boca de aquel mendigo dos gritos que muy bien podrían ser la doble invocación del varón o la mujer que busca reavivar su fe: ”... Jesús, ten compasión de mí”, entiende mis dudas y mi vacilación, perdona mi poca fe; ”Maestro, que recobre la vista”, que no se apague en mí tu luz.

