
En la época de las persecuciones los primeros cristianos usaron como símbolo secreto (contraseña) el pez y recibía el nombre de ichtus, cuyo acrónimo en griego significa Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. Para que dos cristianos se reconocieran como tal, uno de ellos dibujaba un arco en la arena. Si la otra persona completaba la figura del pez, significaba que ambos eran cristianos, que ambos creían en Jesús, Hijo de Dios y Salvador.

Jesús les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Tomando la palabra Pedro le digo: “Tú eres el Salvador”. (Marcos 8, 27–35).
Este episodio ocupa un lugar central y decisivo en el relato de Marcos. Los discípulos llevan ya un tiempo – tal vez un poco más de un año – conviviendo con Jesús. Ha llegado el momento en que se han de pronunciar con claridad. ¿A quién están siguiendo? ¿Qué es lo que descubren en Jesús? ¿Qué captan en su vida y su mensaje?
Desde que siguen a Jesús, viven interrogándose sobre su identidad. Lo que más les sorprende es la autoridad con que habla, la fuerza con que cura a los enfermos y el amor con que ofrece el perdón de Dios a los pecadores. ¿Quién es este hombre en quien sienten tan presente y tan cercano a Dios como amigo de la vida y del perdón?
Entre la gente que no ha convivido con Jesús se corren toda clase de rumores, pero a Jesús le interesa la posición de sus discípulos: ”Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. No basta que entre ellos haya opiniones diferentes más o menos acertadas. Es fundamental que los que se han comprometido con su causa, es decir, los discípulos y apóstoles, reconozcan el misterio que se encierra en Él. Si no es así, ¿quién mantendrá vivo su mensaje? ¿Qué será de su proyecto del Reino de Dios? ¿En qué terminará aquel grupo que está tratando de poner en marcha?
Pero la cuestión es vital también para sus propios discípulos. Les afecta radicalmente. No es posible seguir a Jesús de manera inconsciente, ignorante y ligera. Tienen que conocerlo cada vez con más hondura. Simón Pedro, recogiendo las experiencias que han vivido junto a Jesús hasta ese momento, le responde en nombre de todos: ”Tú eres el Salvador”.
La confesión de Simón Pedro es todavía limitada. Los discípulos y apóstoles no conocen todavía la crucifixión de Jesús a manos de sus adversarios. No pueden ni sospechar que será resucitado por el Padre Dios como Hijo amado. No conocen experiencias que les permitan captar todo, todo, lo que se encierra en Jesús. Solo siguiéndolo de cerca, lo irán descubriendo con fe creciente.
Para los discípulos de Jesús, para nosotros cristianos-católicos, es vital reconocer y confesar cada vez con más hondura el misterio de Jesús el Cristo, el Mesías. Si ignora a Jesús, la Iglesia vive ignorándose a sí misma. Si no lo conoce, no puede conocer lo más esencial y decisivo de su tarea y misión. Pero, para conocer y confesar a Jesús, no basta llenar nuestra boca con títulos cristológicos admirables. Es necesario seguirlo de cerca y colaborar con Él día a día. Ésta es la principal tarea que hemos de promover en los grupos, en las Pequeñas Comunidades y en toda nuestra Comunidad Parroquial.

