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Domingo 23º del Tiempo Ordinario Domingo 05 de septiembre de 2021

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Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá” (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

(Marcos 7, 31–37).

 

Para el escritor Albert Camus, francés, nacido en noviembre de 1913, ateo y no-cristiano, considerado como el máximo representante de la “filosofía del absurdo”, la vida es algo insignificante, carente de otro valor que no sea el que nosotros mismos le queramos atribuir. Este filósofo escribe así en una de sus obras, “El mito de Sísifo”: ”Resulta que todos los decorados se vienen abajo. Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de taller, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, descanso, dormir y el lunes-martes-miércoles-jueves-viernes-sábado, siempre el mismo ritmo, siguiendo el mismo camino de siempre. Un día surge el “¿por qué?” y todo vuelve a comenzar en medio de ese cansancio teñido de admiración».

Es fácil y muy posible que más de uno sintonice con los sentimientos de este escritor ateo. A veces es la vida monótona y aburrida de cada día la que nos plantea en toda su crudeza los interrogantes más hondos de nuestro ser: “Todo esto, ¿para qué? ¿Por qué vivo? ¿Vale la pena vivir así? ¿Tiene sentido esta vida?”

El riesgo es siempre la huida. Encerrarse en la ocupación de cada día sin más. Vivir sin interioridad. Vivir sin espiritualidad, sin trascendencia. Caminar sin brújula. No reflexionar. Arrastrarse sin esperanza. Perder incluso la sed, el deseo de vivir con más sentido.

No es tan difícil vivir así. Basta hacer lo que hacen casi todos. Seguir la corriente. Vivir de manera mecánica. Sustituir o cambiar las exigencias más radicales del corazón por toda clase de “necesidades” superfluas. No escuchar ninguna otra voz. Permanecer sordos, muy sordos, sordos de remate, a cualquier llamada profunda.

El relato de la curación del sordo-mudo de este Domingo, es una llamada a la apertura y la comunicación. Aquel hombre sordo-mudo, encerrado en sí mismo, incapaz de salir de su aislamiento, deja que Jesús trabaje sus oídos y su lengua. La palabra de Jesús resuena como un imperativo categórico de alcance universal: ”Effetá”… ”Abrete”.

Cuando no se escucha los anhelos más humanos del corazón; cuando no se abre al amor; cuando, en definitiva, se cierra al Misterio último que los creyentes llamamos ”Dios”, la persona se separa de la vida, se cierra a la gracia y ciega todas las fuentes que le harían vivir en plenitud la existencia humana.

 

 

”Effetá”… ”Abrete”.
Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez