Pasar al contenido principal

Domingo 1º del Tiempo Adviento Domingo 28 de noviembre de 2021

 

IMAGEN

imagen

"... Alcen la cabeza, pues se acerca su liberación". (Lucas 21, 25–36).

 

Todos vivimos, de una u otra manera, con la esperanza puesta en el futuro. Siempre pensando en lo que nos espera. No sólo eso. En el fondo, casi todos andamos buscando “algo mejor”, una seguridad, un bienestar mayor. Queremos que todo nos vaya bien y, si es posible, que nos vaya mejor. Es esa esperanza básica la que nos sostiene en el trabajo y los esfuerzos de cada día. Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga también la vida. Sin esperanza la persona ya no crece, ya no busca, ya no lucha... Al contrario, se empequeñece, se hunde, se deja llevar por los acontecimientos y no quiere vivir. Si se pierde la esperanza, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar siempre en el corazón de la persona, en el centro de la sociedad o en la relación con Dios es la esperanza.

La esperanza, como virtud cristiana, no consiste en la reacción natural, eufórica y optimista de un momento. Es más bien una manera de afrontar el futuro de forma positiva y confiada, sin dejarnos atrapar por el presente y el pasado. El futuro puede ser más o menos favorable, pero lo propio de la persona de esperanza es su deseo de vivir y de luchar, su postura decidida y confiada. No siempre es fácil. La esperanza hay que trabajarla.

Lo primero es mirar hacia adelante. No quedarse en lo que ya pasó. No vivir sólo de recuerdos y nostalgias. No quedarse añorando un pasado tal vez más bueno, más seguro o menos problemático. Es ahora, es hoy, cuando podemos vivir afrontando el futuro de manera esperanzada.

La esperanza no es una actitud pasiva; al contrario: es un urgencia que impulsa a la acción. Quien vive animado por la esperanza no cae en la pasividad. Al contrario, se esfuerza por transformar la realidad y hacerla mejor. Quien vive con esperanza es realista, asume los problemas y las dificultades, pero lo hace de manera creativa dando pasos, buscando soluciones y contagiando confianza.

La esperanza no se sostiene en el aire. Tiene sus raíces en la vida. Por lo general, las personas viven de “pequeñas esperanzas” que se van cumpliendo o se van frustrando. Tenemos que valorar y cuidar esas pequeñas esperanzas, pero el ser humano necesita una esperanza más absoluta, que trasciende el mañana y el futuro inmediato... que se pueda sostener cuando toda otra esperanza humana se hunde. Así es la esperanza cristiana en Dios, Santa Trinidad, último y único salvador del hombre. Cuando caminamos cabizbajos y con el corazón desalentado, tenemos de escuchar esas conmovedoras palabras de Jesús: “Alcen la cabeza, pues se acerca su liberación”.

"... Alcen la cabeza, pues se acerca su liberación".
Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez