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29-mar.-2022 martes 4.° de Cuaresma

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Danos de beber de esta agua, que es agua de fe, esperanza y caridad, que es agua purificadora y agua de vida

Al despertar en este segundo día de la semana que hemos iniciado, nuestro corazón agradece la vida y tu presencia en nuestros corazones. Hoy nos hablas del agua. El agua descrita por el profeta Ezequiel, que brota del templo y que va purificando y curando todo lo que encuentra a su paso, representa la vida en ti y en el Padre; es como el agua que recibimos en el bautismo, el agua que se asperja sobre nosotros en el acto penitencial de la pascua, en las diferentes bendiciones.

Bendita agua de la vida, en la que deseaba sumergirse aquel enfermo que llevaba treinta y ocho años padeciendo su postración sin poder llegar a tiempo a la piscina de Bethesda. No necesitó llegar a tiempo a la piscina, pues tú mismo lo curaste con tu palabra de autoridad. Tu agua sanó su enfermedad. Hoy te pedimos que no nos falte el agua que tú nos das, el agua de la vida, el agua que sacia de verdad nuestra sed y que ofreciste a la mujer samaritana junto al pozo.

Danos de beber de esta agua, que es agua de fe, esperanza y caridad, que es agua purificadora y agua de vida. Ayúdanos a sentir la frescura del servicio y la entrega y concédenos que sirva también para saciar la sed de nuestros hermanos. Gracias por llenar nuestros corazones de alegría y optimismo y poder ser portadores en este día de tu palabra: “¿quieres quedar sano? (…) Levántate, toma tu camilla y echa a andar”.

Un muy feliz, refrescante y sanador martes.

Reflexión papa Francisco

En la piscina de Bethesda, estaba allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Estaba allí, esperando, y Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?". El enfermo respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agite el agua, cuando venga el ángel. Mientras yo voy, otra baja antes que yo". En otras palabras, a Jesús se le presenta un hombre derrotado que había perdido la esperanza. 

Este hombre, vencido por treinta y ocho años de enfermedad, no quería curarse, no tenía fuerzas. Al mismo tiempo, tenía una amargura de espíritu: "otro llega antes que yo y me dejan de lado". También tenía un poco de resentimiento. Era realmente un alma triste, derrotada, vencida por la vida. Sin embargo, Jesús se apiada de este hombre y le dice: "¡Levántate! Levántate, acabemos con esto; coge tu camilla y camina". El hombre se curó inmediatamente, tomó su camilla y caminó, pero estaba tan enfermo que no podía creerlo.

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Autor:
José Hernando Gómez Ojeda