Bendito eres, Señor, que nos colmas de fe y esperanza para darte gracias en todo momento de nuestra vida. Hoy recordamos con cariño a nuestros ángeles que has llamado a tu lado y que desde el cielo interceden por nosotros. Ni muerte ni vida, nada que existe ni nada todavía por venir, ni cosa alguna puede nunca interponerse entre nosotros y el amor de Dios.
La muerte permanecerá siempre como un misterio y un sufrimiento, pero tú, Señor, nos enseñas que vivamos en fe y esperanza. Si tuviéramos suficiente fe, soportaríamos la muerte sin miedo y la acogeríamos como un regreso a la casa del Padre. En nuestra fe no podemos dudar: el Padre celestial no abandonará a sus hijos en la muerte, porque somos obra de sus manos, hechos a su imagen y semejanza; y tú moriste y resucitaste de entre los muertos.
Hoy, Señor, tenemos la seguridad y la fe puesta tus palabras: “no se inquiete vuestro corazón creed en Dios y creed también en mí, porque en la casa de mi padre hay muchas habitaciones”. Con esas palabras, tú nos llenas de seguridad y de confianza para saber que la muerte sólo es un paso necesario hacia la plena felicidad en la vida eterna.
