Hoy es día oportuno para darte gracias porque todo procede de ti: el don de la vida que nos regalas, nuestros bienes materiales y espirituales, nuestras familias, nuestros amigos…, todo ello obra de tu generosidad y de tu amor. Pero a veces olvidamos que somos obra de tus manos. Ayúdanos para no caer en el mismo error que Jeroboam y danos el poder tener el corazón sencillo, humilde y abierto para reconocer que no somos autosuficientes, que no podemos construir nuestra vida nosotros solos, sino que necesitamos de Ti, necesitamos de tu gracia para buscarte, encontrarte y escucharte.
Tu mirada ve las necesidades reales, materiales o espirituales. Y esta mirada nacida de la compasión se convierte en gesto, y éste en don para la vida. Tu compasión es fruto de tu amor y generosidad que te hace acercarse con sencillez y ternura al más necesitado. Es una compasión generosa y oportuna porque el bienestar de la persona para ti es lo primero. El milagro de la multiplicación de los panes manifiesta tu poder, pero no de forma espectacular, sino como señal de la caridad, de la generosidad del Padre hacia sus hijos cansados y necesitados. En aquella ocasión hiciste que tus discípulos repartieran aquellos panes y peces y hoy quieres que nosotros seamos los que repartamos el pan de la fe y los pescados de la esperanza y quieres que lo hagamos en Alegría y felicidad, ya que hay más Alegría en dar que en recibir. Sean estas actitudes nuestra confianza en ti y nuestra generosidad a los demás. Haznos ver claramente
que eres tú el que finalmente cuentas, que tú eres el sentido de nuestras vidas. Nos alimentas no sólo con tu palabra, sino con tu presencia. Hoy te podamos ofrecer los panes de la humildad y los peces de nuestra generosidad para que tú los bendigas y los multipliques. En este sábado de descanso ayúdanos a mirar con los ojos del amor, de la fraternidad, de la solidaridad, de la justicia, de la misericordia, de la compasión. Feliz y bendecido fin de semana, aprovechando el descanso, para meditar y pensar en tu palabra.
ORACIÓN
Señor, Tú eres el verdadero pan bajado del Cielo. Te encuentras presente en el Santísimo Sacramento del Altar y haces vida en cada uno de nosotros. Cuando me acerco a tu presencia a comulgar te encuentro vivo y resucitado, me hablas al corazón y lo moldeas para hacerlo más y más parecido al tuyo.
Tu alimento sagrado nutre mi espíritu y me da las fuerzas que necesito para continuar. Tú jamás defraudas y la llama de fuego de tu amor no se extingue.
La poderosa fuerza sanadora escondida en tu Eucaristía transforma mi vida por completo si te recibo con devoción, y hace renacer la alegría que, con los golpes de la vida, había sentido perdida.
Te has donado a Ti mismo en la Eucaristía, eres el Maná viviente bajado del Cielo, la cumbre de tu amor, la exaltación de tu generosidad, para que quede yo inundado de tu Divinidad.
A través de este Sacramento celestial quieres fundir tu alma con la mía. Quieres que llegue a sentir la Gloria del Cielo en la tierra al ritmo de los Coros Angelicales ayudándome a degustar el gozo de tu Reino.
Oh, Dios de amor, pan de vida eterna, alimento de salvación, ven y toma mi alma y hazme libre de falsas pasiones terrenales, para que solo pueda seguirte a Ti. Con tu gracia, ayúdame a disfrutar de este banquete sacramental que tan alegremente has dispuesto para todos los que te siguen y te aman. Amén. (Autor: Qriswell J. Quero de Pérez)
