
“Tú eres mi Hijo, el amado: en ti me complazco” ( Lucas 3, 15-22 )
La celebración litúrgica del gran misterio de la Navidad la cerramos hoy con esta Fiesta del Bautismo del Señor Jesús.
Jesús vivió en el río Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó ya con Juan, el Bautista. Tampoco volvió a su trabajo en el taller de su pueblo, Nazaret. Movido por un impulso incontenible, movido por el irresistible impulso del Santo Espíritu comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios (Evangelio).
Como es natural, los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Como lo narra hoy san Lucas: ”... mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre Él...” ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. ”... y vino una voz del cielo: Tú eres mi hijo, el amado; en ti me complazco”.
Lo esencial está dicho. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: “Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi Hijo; me siento feliz”. En adelante, Jesús no lo llamará con otro nombre: Abbá, es decir, Padre Amado. De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vivió y trató de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. ¡Se siente Hijo Amado!
Por eso enseña a todos a llamarle a Dios “Padre”. Le apena la “fe pequeña” de sus discípulos. Con esa fe raquítica no se puede vivir. Les repite una y otra vez: “No tengan miedo. Confíen”. Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios.

