
Dichosos los pobres ... En cambio, ¡ay de ustedes los ricos porque ...! (Lucas 6, 17.20–26).
Jesús no poseía el poder político romano, ni tampoco el poder religioso judío, para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Sus bienaventuranzas y malaventuranzas quedaron grabadas para siempre en el corazón de sus primeros discípulos y seguidores.
Se encuentra Jesús con gentes empobrecidas que no pueden defender sus tierras (la tierra de sus padres) de los poderosos terratenientes invasores y les dice: Dichosos los pobres, porque el Reino de Dios es para ustedes. Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: Dichosos los que ahora pasan hambre, porque tendrán alimento en abundancia. Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: Dichosos los que ahora lloran, porque reirán.
¿No es todo esto una burla? ¿No es sarcasmo? Lo sería, tal vez, si Jesús les estuviera hablando a los pobres y hambrientos desde un lujoso palacio de Tiberíades o una gran villa de Jerusalén o de Jericó… pero Jesús está con ellos. Jesús de Nazareth no lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Jesús de Nazareth es un pobre más que les habla con fe y amor absoluto e incondicional.
Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza, ni mucho menos. Su pobreza no es para nada un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama dichosos porque Dios Padre está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios Padre les hará justicia.
Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos del Padre Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. ¡Su vida es sagrada! Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, le tienen a Él, a Jesús de Nazareth, como Salvador y Mesías y a su Dios como Padre del Cielo.
Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que sí podemos hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios Padre. De ahí puede nacer nuestra conversión, nuestro amor a los pobres y a los hambrientos, a los bienaventurados.

