
“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lucas 1, 39–45).
Virgen Santa, María del Adviento. Nadie como María sabe lo que significa esperar la llegada del Mesías, del Salvador. El Adviento llega a su culminación en la realidad maternal de la Virgen Santa, María. Por encima del profeta Isaías, de Juan Bautista y José... es María de Nazareth el personaje fundamental del Adviento. Ella es quien esperó como nadie supo esperar la venida del Mesías, pues le llevó unas 40 semanas en su seno. Luego lo crió, lo educó, Fue su madre. María señala, en la historia de la salvación, el paso de la promesa mesiánica al cumplimento, de la esperanza a la presencia real del Dios encarnado.
Por todo esto, el cuarto Domingo de Adviento es sumamente mariano. Solo de la mano maternal de María podemos llegar al conocimiento exacto del misterio de Jesús como Mesías, Salvador, pues a través de Ella, determinó Dios Padre ofrecernos la realidad exacta del Emmanuel, el “Dios con nosotros”.
El profeta Miqueas, en la lectura de hoy, anuncia la cercanía de los tiempos mesiánicos, en los que “la madre dé a luz”. He aquí otro profeta que nos adelanta el misterio mariano de Dios en medio de su pueblo: de Belén, de la Mujer bendita, surgirá el Mesías, el Salvador. Su efecto en nosotros va a depender de cómo seamos capaces de acogerle.
En el salmo de la liturgia de este cuarto y último Domingo de Adviento, pedimos que se haga realidad la llegada de la salvación: “Pastor de Israel escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos”.

