Hoy te damos gracias por la vida por el amor y la disponibilidad que tendremos para afrontar este día; danos la alegría de ser testimonio de humildad y sencillez, pero ante todo de fe y confianza en ti. Ahora recibe nuestra humilde oración en la que ponemos nuestro corazón. Señor, tus discípulos te debieron admirar cuando orabas porque te pidieron que les enseñaras a orar. Esto es, en verdad, lo que nosotros también debemos pedirte: que nuestra oración sea amplia y profunda como la suya y la nuestra llena de fe y esperanza dando honor y gloria al Padre y llevándole el torrente de nuestras necesidades y de los afanes de cada día y de todos. Y como tú, también en nuestras oraciones nos doblegamos a la voluntad y al designio de Dios sobre nosotros.
Que nunca nos cansemos de pedir y ante todo dar gracias. Sabemos que nuestro Padre siempre escucha nuestras súplicas porque tú nos lo aseguras: "todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá". Pero también danos tu bondad para agradecer en nuestra oración todo lo que somos y tenemos y sabemos que nuestra mayor riqueza eres tú, Señor. No permitas que estemos descansando autosatisfechos en un pedacito de sombra bajo un pequeño árbol como para buscar alivio por nuestras frustraciones.
Danos fortaleza y valor para salir de nosotros mismos e ir en nuestro caminar encontrando gente que te busca, aun sin saberlo, y con nuestras limitaciones, pero con mucha fe, ser para ellos signos de tu amor que nos da la verdadera felicidad. Hoy nuestra mayor alegría la podamos expresar en nuestra sencilla y humilde oración reconociéndote como Nuestro Padre bondadoso, generoso, misericordioso, y lleno de amor, que nos alimentas con el pan de tu presencia, el vino de esperanza y tu presencia amorosa que nos invita a perdonar como Él nos perdona y no dejar que las tentaciones superen nuestras fortalezas. Amén
Bendecido y fructífero día para todos.
Terminemos con una bella frase de san Juan XXIII: “SÓLO POR HOY SERÉ FELIZ, EN LA CERTEZA DE QUE HE SIDO CREADO PARA LA FELICIDAD”.
