En el amanecer de un nuevo día en esta semana que nos estás regalando, Señor, llenos anhelos e ilusiones, nuestro corazón agradecido se dirige a ti para pedirte que permanezcamos en tu presencia para servir y ayudar a nuestros hermanos; que sea una semana productiva y al final de esta te demos gracias por todo lo que hemos recibido y producido.
Hoy nos invitas a ver en nuestros hermanos al prójimo que suplica nuestra ayuda y cuya necesidad desconocemos, al que encontraremos en la cercanía y en la lejanía, en nuestros hogares, en nuestra familia, en nuestros trabajos, en la persona que pasará al lado.
Cuánta necesidad de ser levantados porque están heridos a lo largo del camino, porque han sido simplemente asaltados, porque les han robado las ilusiones, las esperanzas, porque han sido heridos de muchas maneras. Hoy nos regalas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza para sanar las heridas y aliviar el corazón. Ayúdanos, Señor, para que no seamos como el levita o el sacerdote que pasan de largo e indiferentes ante la situación de los otros. Danos la actitud de bondad y generosidad del samaritano para que nos detengamos ante el sufrimiento y las angustias de nuestros hermanos. Que podamos llevar alivio y palabras de esperanza y sintamos alegrías y satisfacciones de haber podido practicar la caridad, sin esperar más recompensa que la de tu amor.
Te suplicamos que todo lo veamos con los ojos del corazón, con mirada compasiva y sentimientos de solidaridad, con pasos firmes y manos disponibles y que en nuestra “talega espiritual” no olvidemos de llevar tu presencia
Hoy pensemos bien de todos, hagamos el bien a todos y hablemos bien de todos, como santa María Faustina Kowalska, nacida el 25 de agosto de 1905 y llamada apóstol de la “divina misericordia”. a los veinte años, tomó el hábito como novicia, con el nombre de sor María Faustina del Santísimo Sacramento. Murió de tuberculosis el 5 de octubre de, fue beatificada el dieciocho de abril de mil novecientos noventa y tres y canonizada el 30 de abril del 2000 por san Juan Pablo II. Las reliquias de la santa descansan en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia.
Una muy esperanzadora semana y un muy feliz inicio de esta, con alegría y optimismo. Abrazos y bendiciones abundantes.
PALABRA DEL PAPA
Nos encontramos frente al otro, frente a su fragilidad y su debilidad, y podemos decidir qué hacer: cuidar de él o hacer como si nada. Un sacerdote y un levita bajan por ese mismo camino. Son personas que prestan servicio en el Templo de Jerusalén, que viven en el espacio sagrado. Sin embargo, la práctica del culto no lleva automáticamente a ser compasivos. De hecho, antes que una cuestión religiosa, ¡la compasión es una cuestión de humanidad! Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos.
Podemos imaginar que, después de haber permanecido mucho tiempo en Jerusalén, aquel sacerdote y aquel levita tienen prisa por volver a casa. Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión. Quien piensa que su viaje debe tener la prioridad, no está dispuesto a detenerse por otro.
Pero he aquí que llega alguien que sí es capaz de detenerse: es un samaritano, es decir, alguien que pertenece a un pueblo despreciado (cf. 2 Re 17). En su caso, el texto no precisa la dirección, sino que solo dice que estaba de viaje. La religiosidad aquí no tiene nada que ver. Este samaritano se detiene simplemente porque es un hombre ante otro hombre que necesita ayuda.
La compasión se expresa a través de gestos concretos. El evangelista Lucas se detiene en las acciones del samaritano, al que llamamos «bueno», pero que en el texto es simplemente una persona: el samaritano se acerca, porque si quieres ayudar a alguien, no puedes pensar en mantenerte a distancia, tienes que implicarte, ensuciarte, quizás contaminarte; le venda las heridas después de limpiarlas con aceite y vino; lo carga en su montura, es decir, se hace cargo de él, porque solo se ayuda de verdad si se está dispuesto a sentir el peso del dolor del otro; lo lleva a una posada donde gasta su dinero, «dos denarios», más o menos dos días de trabajo; y se compromete a volver y, si es necesario, a pagar más, porque el otro no es un paquete que hay que entregar, sino alguien que hay que cuidar. (León XIV - Audiencia general, 28 de mayo de 2025)
