Una mañana el sembrador salió a los campos para sembrar.
Una mañana el Sembrador sembró en mi vida su bondad.
Cada mañana el sembrador sembrando está en mi corazón
Cada mañana el sembrador espera el trigo de mi amor.
Una mañana el sembrador sembró el camino y el pedregal.
Una mañana el sembrador no pudo entrar en mi heredad.
Cada mañana el sembrador sembrando está en mi corazón,
Cada mañana el sembrador espera el trigo de mi amor.
Una mañana el sembrador en tierra buena quiso sembrar.
Una mañana el sembrador tan sólo espinas pudo hallar.
Cada mañana el sembrador sembrando está en mi corazón,
cada mañana el sembrador espera el trigo de mi amor.
Con este hermoso canto del sembrador llenamos nuestro corazón de anhelos y esperanzas para que tú, como buen sembrador, encuentres en nuestros corazones disponibilidad para sembrar ilusiones y cosechar esperanzas. Palabras que hemos repetido en varias ocasiones, pero nos ayudan a repensar y a recordar nuestra disposición para ser tierra abonada que dé fruto abundante.
Ahora nuestro corazón se convierte en esta viña que tú mismo has querido cuidar. Nuestra tarea es cuidar la viña y hacer la productiva; no tenemos más motivación que cuidarla con esmero con buenas acciones y actitudes positivas. Esta es la viña de nuestro corazón, en la que en cada ocasión vas pidiendo frutos que no nos podemos negar a darte ni cerrar nuestro corazón ni nuestros sentimientos a los frutos que tú esperas de la viña de nuestro corazón.
Es el momento decisivo en el que el propietario confía la viña a unos labradores. Se pone a prueba nuestra lealtad como labradores: Tú nos has confiado la viña; ahora, cosechando con frutos abundantes, te entregaremos una viña productiva después la cosecha.
Tú nos harás una recomendación. Esta parábola debe ser también para nosotros un aviso a la actitud posesiva. Todos tenemos responsabilidades: unos a un nivel modesto, otros a un nivel más alto, otros a un nivel altísimo. Mas para todos es decisiva la actitud que asumamos respecto a tales responsabilidades. La tentación que nos acecha es siempre la misma: adoptar una actitud posesiva, diciendo: “Dios me ha dado unos dones, soy su propietario, hago con ellos lo que quiero. He recibido un puesto de autoridad, me aprovecho de él en mi propio interés, para acumular dinero, etc.”. De este modo, asumimos una actitud posesiva, en vez de ejercer la autoridad en bien de todos.
Danos la gracia de tener actitudes de generosidad y desprendimiento hacia los bienes materiales; que trabajemos alegremente la viña que no es de nuestra exclusiva propiedad, sino que es totalmente tuya y para el servicio de los demás. Gracias, Señor, por darnos un corazón que comprende grandemente lo que tú esperas de cada uno de nosotros: frutos de amor, solidaridad, fraternidad y unidad.
Bendícenos en este domingo y danos la gracia de tu bendición. Feliz y productivo domingo para todos.
PALABRA DEL PAPA
El Evangelio nos presenta hoy una parábola dramática con un final triste (cfr. Mt 21, 33-43). El dueño de un terreno planta una viña y la cuida bien; luego, como tiene que irse al extranjero, la arrienda a unos viñadores. Cuando llega el momento de la vendimia, envía a sus siervos para recibir los frutos. Pero los viñadores los maltratan y los matan; entonces, el dueño manda a su hijo, y ellos lo matan también. ¿Por qué? ¿Qué ha salido mal? (…) Con esta parábola, Jesús nos recuerda lo que sucede cuando el hombre se cree que se hace a sí mismo y olvida la gratitud, olvida la realidad fundamental de la vida: que el bien viene de la gracia de Dios, que el bien viene de su don gratuito. Cuando uno olvida esto —la gratuidad de Dios— termina por vivir la propia condición y el propio límite no ya con la alegría de sentirse amado y salvado, sino con la triste ilusión de no tener necesidad de amor ni de salvación. Uno ya no se deja querer, y se encuentra prisionero de su propia codicia, prisionero de la necesidad de tener más que los demás, de querer estar por encima de los demás. Este proceso es feo, y nos sucede muchas veces. Pensémoslo en serio. De ahí provienen muchas insatisfacciones y recriminaciones, tantas incomprensiones y tantas envidias; y, a causa del rencor, se puede caer en el torbellino de la violencia. Sí, queridos hermanos y hermanas, ¡la ingratitud genera violencia, nos roba la paz, nos hace hablar gritando, sin paz, mientras que un simple “gracias” puede restablecer la paz! (Francisco - Ángelus, 8 de octubre de 2023)
