Alegre despertar en esta mañana, que la iniciamos con unas palabras hermosas del salmo 51: «Hazme oír el gozo y la alegría, afiánzame con espíritu generoso, renuévame por dentro con espíritu firme». Señor, nadie te puede acusar de no hablar claro. Tú nos prometes la salvación, la vida eterna, la santidad, la alegría, y a cambio nos pides aceptar la propia cruz. Esa cruz que es tan fácil de dejar, pero tan difícil de asumir. Muchas veces vivimos como queremos y no deseamos ni siquiera oír hablar de cruces. Se ve que nos falta el encuentro personal contigo. Porque para dejar todo y seguirte, es necesario primero haber tenido un encuentro personal contigo, en el que nos has mirado, nos has tendido la mano y nos has dicho «ven y sígueme». No es tan fácil dejar nuestras seguridades y mantenernos fieles. Para eso necesitamos conocer de qué medios disponemos y hasta dónde podemos llegar con nuestras fuerzas.
Hemos aceptado tu invitación a ser discípulos tuyos. Estamos dispuestos a vivir con alegría y esperanza sin temor ni desaliento. Danos la fuerza de tu Espíritu para tomar en serio nuestra fe y aceptar nuestra misión en la vida con todas sus consecuencias. No permitas, Señor, que los apegos de esta vida nos alejen de tu verdadero amor. Que el único pego sea el amor a ti y el servicio desinteresado a nuestros hermanos. Bendícenos abundantemente en este día ahora y siempre. Amén.
Feliz y generoso miércoles, vivido en cálculos espirituales y amorosa renuncia a lo que se opone al amor del Señor.
PALABRA DEL PAPA
Jesús, en el Evangelio, nos habla de un proyecto al que adherir hasta el final. Dice: «El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 27); y agrega: «cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (v. 33). Es decir, nos llama a lanzarnos sin vacilar a la aventura que Él nos propone, con la inteligencia y la fuerza que vienen de su Espíritu y que podemos acoger en la medida en que nos despojamos de nosotros mismos, de las cosas y de las ideas a las que estamos apegados, para ponernos a la escucha de su palabra. Muchos jóvenes, a lo largo de los siglos, tuvieron que afrontar este momento decisivo de la vida. Pensemos en san Francisco de Asís (…) ¡Y cuántos otros santos y santas podríamos recordar! A veces nosotros los representamos como grandes personajes, olvidando que para ellos todo comenzó cuando, aún jóvenes, respondieron «sí» a Dios y se entregaron a Él plenamente, sin guardar nada para sí. A este respecto, san Agustín cuenta que, en el «nudo tortuosísimo y enredadísimo» de su vida, una voz, en lo profundo, le decía: «Sólo a ti quiero». [2] Y, de esa manera, Dios le dio una nueva dirección, un nuevo camino, una nueva lógica, donde nada de su existencia estuvo perdido. (Papa León XIV, Homilía, 7 de septiembre de 2025)
