Bendecido día, para vivirlo con corazón agradecido, en humildad y sencillez. Tú viniste como el siervo de todos
y tuviste especial cariño por los desvalidos y desamparados. Haz que sepamos amar y apreciar a los débiles, los indefensos y los humildes, y aceptar ser contados entre ellos. Dispón nuestros corazones para ayudarles, buscar la ayuda que ellos puedan darnos, pues tú también has derramado tu misericordia sobre nosotros. Y aunque tenemos muchos momentos de desánimo, de luchas, de tristezas, de miedos e indecisiones, nos regalas el testimonio de Pablo que consistía en Vivir en Ti, ser del todo para Ti, Tu lo eras todo para Él. Hoy tu palabra es inspiradora porque nos habla de la humildad, dejar los puestos altos y quedarnos con los más bajos, con lo sencillo. Nos dejas ejemplos de gran humildad, de personas maravillosas, grandes en sencillez y humildad, como nuestro Santo Martín de Porres, que era mulato y le valió muchas discriminaciones. En el convento solo fue admitido como hermano LEGO, sin posibilidad de recibir el sacerdocio. Le dieron el cargo del enfermero, pero fue también un excelente Catequista que inspiraba en su vida de oración. Una gran consagración. Su ejemplo de humildad y servicio sigue siendo fuente de inspiración. Murió en 1639. Él nos dio un gran ejemplo de humildad. Nuestro santo era grande en sencillez y pobreza, en amor a los demás sin desear ser más, si no ser el más pequeño, Siempre al servicio de los demás, amando a Dios y a los pobres. Martín sintió compasión y esperanza a pesar de todo, sin guardar odio ni rencor a quienes se creían más, simplemente ofrecía su sonrisa y se iba llenando del Amor de Dios que repartió a los demás. Supo ser Hermano de todos. Aprendamos también de su entrega incondicional a Dios siguiendo tus pasos. Como él. Te pedimos que su canasta de donde sacaba pan para los pobres sea nuestra canasta de donde sacamos nuestro amor, servicio y solidaridad para nuestros hermanos más necesitados. Feliz segundo día de la semana. Martes vivido y servido.
PALABRA DEL PAPA
Ante esa generosidad, esa universalidad de la celebración surge esa actitud que cierra el corazón: «No voy. Prefiero estar solo, con la gente que me agrada, aislado». Y este es el pecado; el pecado del pueblo de Israel, el pecado de todos nosotros. El aislamiento. «No, esto es más importante para mí que esto. No, lo mío». Siempre lo mío. (...) Y en el camino de la vida, a menudo nos enfrentaremos a esta elección, a esta opción: o la generosidad del Señor, ir a buscar al Señor, encontrarnos con el Señor, o aislarnos en nuestras propias cosas, en nuestros propios intereses. Por eso el Señor, hablando de uno de los aislamientos, dijo que es muy difícil para un rico entrar en el reino de los cielos. Pero hay ricos buenos y santos que no están apegados a las riquezas. Pero la mayoría está apegada a las riquezas, aislada. Y por esta razón, no pueden comprender lo que es la celebración. Pero tienen la seguridad de las cosas que pueden tocar. (...) Reflexionemos sobre esta parábola que el Señor nos da hoy. ¿Cómo va nuestra vida? ¿Qué prefiero? ¿Aceptar siempre la invitación del Señor o encerrarme en mis propias cosas, en mis pequeñeces? Y pidamos al Señor la gracia de aceptar siempre su banquete, que es gratuito. (Papa Francisco, Homilía en la Misa en Casa Santa Marta, 5 de noviembre de 2019)
