Bendecida y optimista mañana y un esperanzador inicio de semana nos regalas.
Hoy con renovadas fuerzas nos sentimos inspirados en ti, Señor. Nuestro corazón agradecido solamente aspira a servirte humildemente y a escuchar tu palabra para saber a qué nos envías en este día. Del mismo modo que Mateo, queremos seguirte. En él, nos muestras cómo avergüenzas a los petulantes e hipócritas y cómo llamas a los pecadores para la tarea de llevar tu Buena Noticia. Perdona nuestras debilidades y danos la certeza de que podemos contar contigo y con tu amor, porque somos débiles y pecadores. Que sepamos compartir tu mensaje y tu vida. Tú comías con recaudadores de impuestos y con pecadores porque ellos te necesitaban espiritualmente. Nosotros te presentamos nuestro corazón humilde y sencillo, para que nos invites y te sientes a la mesa con nosotros, porque también te necesitamos. «Aprendan lo que significa: “Lo que deseo es misericordia, no sacrificio”. He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores». Ayúdanos para que estas palabras cambien nuestra actitud hacia nuestros hermanos y también hacia nosotros mismos; haznos bondadosos y comprensivos para con todos.
Un muy feliz lunes e inicio de semana, vivido en solidaridad y fraternidad, inspirados siempre por la llamada del Señor: «Sígueme».
Palabra del Papa
Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de Israel en aquel tiempo, era considerado un pecador público. En efecto, Mateo no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser establecidos arbitrariamente. Por estos motivos, todos los Evangelios hablan en más de una ocasión de «publicanos y pecadores» (Mt 9, 10; Lc 15, 1), de «publicanos y prostitutas» (Mt 21, 31). Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia (cf. Mt 5, 46: sólo aman a los que los aman) y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico» (Lc 19, 2), mientras que la opinión popular los tenía por «hombres ladrones, injustos, adúlteros» (Lc 18, 11).
Ante estas referencias, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: «No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17) (Benedicto XVI, Audiencia General 30 de agosto de 2006).
