Te saludamos en este hermoso amanecer y nos levantamos con ánimo y optimismo para emprender una nueva jornada, en la que esperamos tus bendiciones. Hoy elevamos nuestras oraciones para realizar nuestras labores con confianza y fe puestas en Ti.
En el silencio de nuestros corazones, como la mujer pecadora, queremos reconocer que muchas veces te hemos fallado y no hemos confiado suficientemente en ti, hemos caído en pesimismos y en ocasiones no hemos guardado fidelidad a tu amor. Queremos como ella besarte los pies, enjugarlos con lágrimas de sinceridad y secarlos con nuestros cabellos. Danos la gracia de oír tus palabras de perdón y reconciliación. Hoy queremos que nuestras acciones sean de auténtico servicio y de sincera caridad, para sentir en nuestros corazones verdadera felicidad por lo que realizaremos.
En este día celebramos a san Roberto Belarmino, que nació en Montepulciano (Italia) en 1542 de rica, numerosa y buena familia, sobrino del papa Marcelo II, miembro de la Compañía de Jesús en 1560, arzobispo y cardenal de Capua. Influyó notablemente como teólogo con su doctrina y admirable caridad y sencille. Pastor, atento y solicito, visitó varias veces su diócesis contribuyendo a la educación y a la edificación espiritual y material del pueblo de Dios. Murió en Roma en 1621.
Hoy sea día para bendecir, perdonar, servir y amar con generosidad. Feliz y santificado jueves vocacional.
Palabra del Papa
El Evangelio que hemos escuchado nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jesús, así como la percibió la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con insistencia dos palabras: amor y juicio. Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresión de su afecto puro; y el ungüento perfumado que derrama abundantemente atestigua lo valioso que es Él ante sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Esta es una certeza hermosísima! Y Jesús le da esta certeza: acogiéndola le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora pública. El amor y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque «ha amado mucho»; y ella adora a Jesús porque percibe que en Él hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor a ella, que es una pecadora. Gracias a Jesús, Dios carga sobre sí sus muchos pecados, ya no los recuerda. Porque también esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella ahora comienza un nuevo período; renace en el amor a una vida nueva (papa Francisco, 13 de marzo de 2015).
