
Oh Ángel Santo de mi guarda,
a cuya custodia y protección con admirable providencia
me encomendó el Altísimo desde el primer instante de mi vida:
yo te doy gracias, Santo Ángel mío,
por el cuidado que has tenido de mí,
por la compañía que me has hecho
y por haberme librado de los peligros de alma y cuerpo;
por tanto, a ti me encomiendo de nuevo, oh glorioso protector mío:
defiéndeme de mis enemigos visibles e invisibles,
y ayúdame con tus santas inspiraciones,
para que siendo fiel a ellas, logre gozar de tu compañía
en la patria celestial. Amén.
(Padrenuestro)
Compilado por: José Gálvez Krüger
Director de la Revista de Humanidades
“Studia Limensia”
Fuente
Vatican News