En este domingo nos preguntamos ¿qué es necesario para ser discípulo de Jesús? Él nos pide darle el primer puesto en el corazón, llevar su cruz, renunciar a todo cuanto nos impida seguirlo.
Ser discípulo de Jesús exige una preparación intensa, como la de aquellos que van a construir una casa o comenzar una guerra.
¡Hagamos nuestras cuentas! Comencemos por nosotros mismos: ¿Me importa crecer como persona, como discípulo de Jesús? ¿Tengo conciencia de cuál es “mi cruz”? ¿La cargo con responsabilidad y con amor? ¿A qué soy capaz de renunciar con tal de seguir a Cristo? ¿Me considero portador de generosidad y honestidad, lucho contra la inmoralidad y la mentira?
Pasemos a nuestra vida de familia: ¿Lucho por avivar el amor, mantener la unidad, favorecer el encuentro entre quienes conformamos el hogar? ¿La fidelidad es el valor que prevalece entre los esposos, los padres y sus hijos? ¿Qué lugar ocupan en mi casa, la vida de fe, los principios morales, el esfuerzo para que la vida del hogar sea siempre plena y gozosa?
Vayamos al mundo del trabajo: ¿Imperan los criterios de justicia y de servicio al bien común en todo cuanto hacemos? ¿Doy prioridad en mi trabajo a valores como la solidaridad, la fraternidad, la amistad, la experiencia compartida? ¿Renuncio a toda tentación de fraude, de provecho personal a cambio del perjuicio de los otros en mis negocios?
Hoy hace dos años, el Papa Francisco clamó desde Villavicencio por la reconciliación de todos los colombianos. ¿Creo en la fuerza del perdón, en la grandeza del amor y los practico? ¡Basta una persona buena para que haya esperanza!, dijo entonces el Santo Padre.
María Santísima, cuya Natividad hoy celebramos, nos enseñe a seguir incondicionalmente a su Hijo, Jesucristo.
Mons. Álvaro Vidales.

