Nos conmueve el pasaje tomado del libro del Génesis, en donde Abraham intercede por Sodoma y Gomorra. El patriarca confía en la misericordia de Dios y regatea con Él en atención a los inocentes.
Fascinados por el modo como Jesús celebra la oración, los discípulos le suplican: “enséñanos a orar”, y él responde con la oración del Padre nuestro, creando entre Dios y nosotros una relación de cercanía, familiaridad y confianza. Las tres primeras peticiones se refieren al Señor: santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad. Las otras cuatro a nuestra vida cotidiana: el pan de cada día, el perdón de las ofensas, la fortaleza ante la tentación, la liberación de todo mal.
Con la parábola del “amigo importuno”, Jesús nos invita a orar insistentemente. Todo concluye con la enseñanza acerca de la eficacia y necesidad de la oración: si un padre atiende al hijo cuando le pide un pan, un pez o un huevo, cuánto más seremos bendecidos si suplicamos el don del Espíritu Santo.
Hoy evaluemos nuestra oración: ¿Qué es la oración para mí: una obligación? ¿Un diálogo sencillo y confiado con Aquel que me ama? ¿Cuánto tiempo dedico a la oración: cada día, cada semana, cada mes? ¿Alimento la oración con la Palabra de Dios, o la devoción a María, o los sucesos de mi vida o los del mundo? ¿Consigo orar mientras trabajo o cuando estoy en cualquier lugar o solo cuando estoy en el templo?
¡Señor: enséñanos a orar y a llevar la oración a la vida!
Monseñor Álvaro Vidales.

