… Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron;
Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos:
oro, incienso y mirra.
(Mateo 2, 1-12)
El misterio de la Navidad sigue ampliándose en la fiesta de la Epifanía que hoy celebramos. Aquí se celebra otro aspecto de la venida de Dios a nuestro mundo: la manifestación de Dios en la carne humana. Dios se ha hecho patente en un niño pequeño y tierno, comprensible, visible, palpable. En la historia del viaje vemos una imagen de nuestra vida:
Los Magos se han puesto de camino. Sus pasos se dirigen a Belén, pero su corazón peregrinaba hacia Dios. Ellos le buscaban; pero mientras ellos le buscaban, Él ya los dirigía. Y al llegar finalmente y arrodillarse, hacen solamente lo que realmente siempre hicieron, lo que ya al buscar y al viajar hicieron: llevan a la presencia del Dios invisible el oro de su amor, el incienso de su anhelo y la mirra de sus dolores… y así como llegaron, desaparecen de nuevo del horizonte de la historia sagrada…
¡Sigamos también nosotros el arriesgado camino del corazón hacia Dios! ¡Camina! Ya tienes el oro del amor, el incienso del deseo y la mirra del dolor. Él los aceptará. Nosotros le encontraremos.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco de San Luis Beltrán

