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Meditación8° diciembre de 2019-Domingo 2° de ADVIENTO

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Hace poco tiempo me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me declaró que quería rezar. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado las oraciones. No recordaba ninguna. Le propuse que repitiera conmigo el Avemaría. Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían lágrimas de emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.

El Avemaría, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones católicas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.» La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: «Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.» La última parte es una invocación que viene de la edad media, de origen incierto: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

María es Madre del Hijo de Dios y también nuestra. María no es Dios, no. No es por lo mismo fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.

Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o aturdida. Conoce nuestros errores. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres, podemos también nosotros invocarla con humildad: «Ruega por nosotros, pecadores

María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en los difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda «ahora», en el momento en que pronunciamos la oración, y también para «la hora de nuestra muerte» siempre desconocida, pero siempre más cercana.

En esta segunda semana del Adviento, el Evangelio nos recuerda las palabras del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Pueden ser una invitación a despertar nuestra confianza en ella y a susurrar en lo secreto de nuestro corazón la conocida plegaria a la Madre: «Ave María

 

Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.

Canónigo Catedral Primada y Párroco de San Luis Beltrán