“… luego los sacó a Betania, levantó las manos y los bendijo …” ( Lucas 24, 46-53 )
Según el fascinante relato de Lucas, Jesús vuelve a su Padre “bendiciendo” a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús vuelve a su Padre pero deja tras de sí su bendición. Los discípulos responden al gesto de Jesús marchando al templo llenos de alegría. Y estaban allí ”bendiciendo”, “alabando” a Dios.
Bendecir es, antes que nada, desear el bien a las personas que vamos encontrando en nuestro camino. Bendecir es querer el bien de manera incondicional y sin reservas. Querer la salud, el bienestar, la alegría… todo lo que puede ayudarles a vivir con dignidad. Cuanto más deseamos y afirmamos el bien para todos, más posible es su manifestación.
Bendecir es aprender a vivir desde una actitud básica de amor a la vida y a las personas. El que bendice elimina de su corazón otras actitudes poco sanas como la agresividad, el miedo, la murmuración y falsos juicios. No es posible bendecir y, al mismo tiempo, vivir condenando, rechazando, criticando, odiando.
Bendecir es desearle a alguien el bien desde lo más hondo de nuestro ser, aunque nunca somos nosotros la fuente de la bendición, sino sus testigos y portadores. La fuente de la bendición es Dios. El que bendice no hace sino evocar, desear y pedir la presencia bondadosa del Padre Creador, fuente de todo bien. Por eso, sólo se puede bendecir en actitud gozosa y agradecida a Dios.
La fiesta de la Ascensión del Señor Jesús es una invitación a ser portadores y testigos de la bendición de Cristo a la humanidad.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral - Párroco en San Luis Beltrán

