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Meditación15 de septiembre-Domingo 24° del Tiempo Ordinario

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Seguramente la parábola más conocida de Jesús y, tal vez, también la más desgastada es la mal llamada “parábola del hijo pródigo”. La debemos llamar más bien: “parábola del padre misericordioso” o “parábola del padre pródigo”. (“Pródigo”: adjetivo y significa ”que da con generosidad lo que tiene o lo pone al servicio de los demás”). Pero, ¿qué sintieron los que oyeron por vez primera esta parábola inolvidable?

Sin duda, desde el principio quedaron desconcertados. ¿Qué clase de padre era éste que no imponía su autoridad?, ¿cómo podía acceder a la desvergüenza de su hijo que le pedía repartir la herencia antes de morirse?, ¿cómo podía dividir su propiedad poniendo en peligro el futuro de la familia?, ¿cómo podía un padre perder así su dignidad?

Jesús los desconcertó todavía más cuando comenzó a hablar de la acogida de aquel padre al hijo que volvía a casa hambriento y humillado. Estando todavía lejos, el padre corrió a su encuentro, le abrazó con ternura, le besó efusivamente, interrumpió su confesión para ahorrarle más humillaciones y se apresuró a restaurarlo como hijo querido en el hogar. Los oyentes no lo podían creer. Aquel padre había perdido su dignidad. No actuaba como el patrón y patriarca de una familia. Sus gestos eran los de una madre que trataba de proteger y defender a su hijo.

Más tarde, salió también al encuentro del hijo mayor. Escuchó con paciencia sus acusaciones, le habló con ternura especial y le invitó a la fiesta. Sólo quería ver a sus hijos sentados a la misma mesa compartiendo un banquete festivo.

¿Qué estaba sugiriendo Jesús? ¿Es posible que Dios sea así? Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que no anda obsesionado por la moralidad de sus hijos y que, rompiendo las reglas de lo correcto, busca para ellos una vida dichosa. ¿Será ésta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan ”perdidos”, y suplicando a los que le son fieles a acoger con amor a todos?

Los teólogos han elaborado durante veinte siglos discursos profundos sobre Dios pero, ¿no será todavía hoy esta metáfora de Jesús la mejor expresión de su misterio?

 

Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.

Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán