
Nosotros (todo ser humano) estamos hechos para amar y ser amados. Nadie puede ponerlo en duda. Nuestro deseo más hondo es vivir en el amor. Sólo que lo olvidamos una y otra vez. Entonces, esa necesidad de vivir amando queda oscurecida, deformada, frustrada y desviada por mil problemas, preocupaciones y centros de interés.
El amor es algo constitutivo de la persona. A quien le falta capacidad de dar y recibir amor le falta lo esencial. Podríamos decir que está “enfermo”. Por eso, una persona inteligente, activa y exitosa, sin capacidad de amar, da miedo, es un peligro. Una persona hábil y poderosa, pero insensible al amor, es un verdadero peligro.
Nunca destacaremos lo suficiente el acierto de Jesús al recordarnos lo esencial de la vida y de toda religión: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con todo tu ser. Y a tu prójimo como a ti mismo». De esto depende todo. Esto es siempre lo esencial y decisivo.
«Amarás a tu Dios». No se dice creerás en Dios. No. Lo primero y esencial es otra cosa: lo acogerás con amor, te enamorarás de él. No te sentirás juzgado o controlado, sino enamorado. Cuando falta amor a Dios la religión queda fosilizada.
«Amarás a tu prójimo». No te apropiarás de las personas para tu utilidad, disfrute o poder. Vivirás acogiendo, acompañando, sirviendo, dando y recibiendo amor. Sin esto la vida queda mutilada y pervertida. Es la convicción más profunda de Jesús. Debe ser también nuestra convicción más profunda.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán
