
A lo largo de los siglos se han divulgado formas muy diversas de “imaginar” el cielo. A veces se ha considerado el paraíso o Reinado de Dios como una especie de ”país de las maravillas” situado más allá de las estrellas, el ”final feliz” de la película terrestre, olvidando prácticamente a Dios como fuente del cumplimiento definitivo de todo ser humano. Otras veces, por el contrario, se ha insistido casi exclusivamente en la ”visión beatífica de Dios”, como si la contemplación de la esencia divina excluyera o toda otra felicidad o experiencia placentera que no fuera la comunión de Dios con los bienaventurados. Se habla también con frecuencia de la ”paz eterna” que expresa bien el fin de las fatigas de esta vida, pero que puede reducir equivocadamente el rico contenido de la plenitud final a una existencia inerte, monótona y poco atractiva.
Como teólogo debo ser muy sobrio al hablar del cielo, del Reino de Dios. En general, todos los católicos debemos cuidarnos mucho de describirlo con representaciones ingenuas. Nuestra trascendencia y plenitud final está más allá de cualquier experiencia terrestre aunque la podemos evocar, esperar y anhelar como el fascinante cumplimiento en Dios de esta vida que hoy alienta en nosotros. Prefiero acudir al lenguaje del amor y de la fiesta.
El amor es la experiencia más honda y plenificante del ser humano. Poder amar y poder ser amado de manera íntima, plena, libre y completa: amar y ser amado… ésa es la aspiración más radical que espera cumplimiento pleno. Si el cielo es algo, ha de ser experiencia plena de amor: amar y ser amado, conocer la comunión gozosa con Dios y con todo lo creado, experimentar el gusto y el éxtasis del amor en todas sus dimensiones.
Los católicos de hoy miramos poco al cielo. No sabemos levantar nuestra mirada más allá de lo inmediato de cada día. No nos atrevemos a esperar mucho de nada ni de nadie, ni siquiera de ese Dios revelado como Amor infinito y salvador en Cristo-Jesús resucitado. Se nos olvida que Dios ”no es un Dios de muertos, sino de vivos”. Un Dios que sólo quiere una vida dichosa y plena para todos y por toda la eternidad.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán

