“… Como yo los he amado, ámense ustedes mutuamente”
( Juan 13, 31-35 )
Los cristianos iniciaron su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra griega más usada era ”philia” que designaba el afecto hacia una persona cercana y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también de ”eros” para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quién produce en nosotros goce.
Los primeros cristianos abandonaron prácticamente esta terminología y pusieron de moda otra palabra casi desconocida, ”ágape”, a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesús. De ahí su interés en formular bien el mandato nuevo el amor: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, ámense ustedes mutuamente”.
El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción. Sólo parece interesarse en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Lo recordarán así en las primeras comunidades cristianas: ”Pasó toda su vida haciendo el bien”.
Por eso, su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo necesitan más. Se acerca a quienes están desvalidos, los que no tienen a nadie.
Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad, ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos. Lo normal es vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Sin embargo, lo que le distingue al seguidor de Jesús no es cualquier ”amor”, sino precisamente ese estilo de amar que consiste en saber acercarse a quienes nos pueden necesitar. No lo deberíamos olvidar.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral - Párroco en San Luis Beltrán

